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CUANDO SE TIENE UN ENFERMO EN CASA.

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EVANGELIO DE HOY: 6/9/23 (Lc 4,38-44).

El pasaje de este día nos ilumina para situarnos, desde la fe, cuando tenemos un enfermo en casa. Un enfermo, no solo referente a lo físico, sino a lo mental y espiritual. Son muchos los hijos, hijas, hermanos, esposos o esposas… que han “comido” rosarios, han sido causa de numerosos sacrificios y oraciones; han provocado lágrimas y también vergüenza, porque han sido víctimas de “fiebres” que lo tumban y lo paralizan, como la “fiebre” de los vicios, la prostitución, la delincuencia…
 
¿Qué hizo Pedro cuando tuvo la suegra enferma? Él no dejó de ir al templo. Se mantuvo unido a Jesús. Anduvo con Él. Y luego lo llevó a su casa. Si estás pasando por algo parecido, el Señor te dice que no se perderán tus rezos, tus lágrimas, tus angustias… porque Él está dispuesto a entrar en tu casa, tiene tiempo para ti y los tuyos.
 
Quizás el enfermo, como el caso del pasaje, no tenga condición de levantarse ni de pedir ayuda. De hecho, lo más penoso de algunas realidades, es cuando la gente ni se entera del mal que lo oprime. Pero el Señor, en su infinita misericordia, cuando se lo piden y se lo permiten, no solo entra a la sala, tu casa, Él se introduce hasta el interior de ella, va “levantando cortinas” hasta dar con el afectado. El Señor se pasea por los rincones de tu hogar, allí donde no entra cualquiera.
 
Jesús es el médico de tu familia. Lo que para ti es un caso perdido para Él es posible. El Señor se pone de pie, al lado del enfermo. No huye, no lo mira de reojo. Sencillamente, permanece ante quien es muy importante para ti, y no quieres que se pierda. El Señor increpa la fiebre, libera de todos los vicios y esclavitudes. Tú y yo seremos testigos de cómo desaparecen los grandes nudos que atan y lastiman nuestros hogares, y para esto tenemos que creer con mucha fe. Nosotros veremos a los que amamos sirviendo a los demás, a los pies del Señor.  
 
Gracias, Señor, por entrar en mi casa. Gracias porque no me da vergüenza mostrarte los trapos sucios de mi hogar. Gracias por ser fuente de humildad y sencillez. Gracias porque entre tantas cosas te detienes en mí realidad para traernos la luz y la salvación. Como el salmista, Señor, confío en tu misericordia por siempre jamás. Gracias por mostrarnos, con tu presencia, el camino de santidad; porque la santidad es el rostro más bello de la Iglesia.  
 
1. ¿Cuáles son los medios o los instrumentos con los cuales el Señor se hace presente para actuar en nuestra familia? 
2. ¿Me canso de rezar por una persona, y de ayudarla en su mal, porque no recapacita? ¿Qué se aprende ante una situación de esas, cuando el proceso de sanación y liberación se prolonga?
 3. ¿He sido yo responsable de las lágrimas de dolor en mi familia?
 4. ¿Quiero ser, otro Jesús, que lleve vida y esperanza a los demás?