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¡MUCHACHO, LEVÁNTATE!

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EVANGELIO DE HOY: 19/9/23 (Lc 7,11-17).

Estas palabras son para ti: -¡muchacho, levántate!; ¡muchacha, levántate! Es Jesús mismo quien te habla. La escena del evangelio, hoy, se presta para releer tu realidad. Posiblemente, estás en la misma situación del relato. Te llevan a “enterrar”. Eres ese caso perdido. No hay esperanza. Se ha invertido mucho tiempo contigo. Te han aconsejado, acompañado. Pero tu actitud de vida ha sido esta: ¡que no se detenga el entierro! Te da lo mismo. Ni te enteras de la cantidad de gente que te dice el último adiós; que, desalentada, está cerrando capítulo con tu vida.
 
Eres, a los ojos de tu madre, ese hijo o hija único. Eres único, quizás, porque has dado tanto dolor de cabeza, que has acaparado toda la atención. Los otros hermanos han caminado tranquilos. Pero tú, has comido todas las oraciones. Eres quien ha ocupado la mente de la mamá todo el tiempo. Porque, al no estar presente, te imagina y te busca hasta con la imaginación.
 
Muchas personas acompañan a la viuda del relato. Pero nadie llora como ella. Nadie sufre así, con tanta intensidad. Y tú, como ese muerto hacia la tumba, no te enteras de lo que estás provocando en la mujer que fue instrumento de Dios para darte la vida.
 
En un primer momento, en el texto, Jesús no le dirige la palabra al muerto, porque no escucha ni reacciona. Lo primero que Jesús hace es hablarle a la madre, diciéndole: -“no llores”. Palabras similares, inspiradas, le dijeron a la madre de san Agustín, cuando lloraba con profundo dolor por la conversión del hijo: “Queda tranquila, no es posible que se pierda el hijo de tantas lágrimas”.
 
Movido por la compasión, que le ha provocado la madre, Jesús se acerca al ataúd. Ella es la inspiración del milagro. Jesús no ignora tu dolor, mamá. Tocando el féretro, te devuelve la esperanza. El Señor toca el corazón de tu hijo o de tu hija. Lo que nadie puede hacer, el Señor lo hace. Para Él nada es imposible.
 
Jesús le dice: “¡muchacho, a ti te lo digo, levántate!”. Es a ti que te están hablando. Te hablan con autoridad y determinación. No es cualquiera. Es el Señor. Si tú no sabes lo que haces, el Señor sí lo sabe. Sólo te toca obedecer. Porque al tono de su voz, se despierta tu conciencia. La luz llega a tu mente oscura. Tus ojos se abren. El corazón se transforma. No estás muerto para Jesús, sólo dormido, anestesiado, sin conciencia. Ante Él, y su Palabra, sólo te queda eso: incorporarte. Empezar de nuevo. El Señor es autor de maravillas. Él es quien te entrega a tu madre; ahora con vida, con voz.
 
Reza, ahora, con estas palabras del salmo: voy a cantar la bondad y la justicia, para ti es mi música, Señor… Andaré con rectitud de corazón dentro de mi casa… seguiré el buen camino, y me dedicaré a servirte. Gracias por devolverme la vida.  
 
1. ¿Salgo a “enterrar” al otro cuando todavía tiene vida?
2. ¿Qué “toques” de esperanza voy dando por los caminos?
3. ¿Invierto palabra y tiempo en esa juventud que parece estar “sin vida”?
4. ¿A cuántos jóvenes estoy ayudando a incorporarse?