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SI AL CONFESIONARIO VAS EN CAMILLAS, SALES EN PIE DANDO GLORIA A DIOS.

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MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY: 11/12/23 (Lc 5,17-26).

El color litúrgico del tiempo de Adviento, al igual que en Cuaresma, es morado. Esto significa que, de manera especial, la Iglesia te invita a una limpieza profunda de tu corazón para recibir, con toda la dignidad posible, a Nuestro Señor Jesús quien, como dice el profeta Isaías, “viene en persona”.

La imagen del paralítico en el evangelio, te ilustra lo que pasa en la persona cuando no tomas conciencia de tus pecados. Los pecados te inmovilizan, porque son como ladrillos pesados en el alma. Y lo más penoso es que, en nuestros días, se va perdiendo la conciencia de nuestras faltas. Pasamos tanto tiempo haciendo críticas a los demás, a la sociedad, y a todo lo externo, que se nos olvida detenernos para vernos por dentro, y barrer en la casa interior.

Mientras el paralítico, del pasaje, se podría con la basura de sus pecados, Jesús estaba dispuesto, con un poder trascendente que lo “impulsaba a curar”. Gracias a sus buenos amigos, que se atrevieron hasta abrir el techo de la casa para llevarlo hasta Jesús, este hombre pudo ser liberado. Recuerdo un sacerdote en su ejercicio ministerial, que decía a los penitentes cuando llegaban: “Te estaba esperando”. Jesús, a ti, te está esperando. No faltes a la cita. La fila del confesionario, en este tiempo de Adviento, ha de estar larga. No dejes tu espacio vacío.

Es un escándalo al Espíritu Santo, que no te preocupes por bañarte por dentro, y que sí te afanes por estar bien hermoso o hermosa por fuera. Los pecados son como un manto oscuro que te impiden contemplar a Dios y tener esperanza; hasta te pesan para el servicio feliz. Ellos empañan la visión, la creatividad y empobrecen hasta la agonía el discernimiento, te alejan de Dios. El acúmulo de pecados agobia el interior, como dice el salmista: “mi falta está siempre ante mí”… Por eso él, con profundo pesar, le pide al Señor que le devuelva la alegría. Nadie puede estar en paz con una conciencia ladrando como perro para ser liberada.

¿Qué prefieres: ir al Sacramento de la Reconciliación ahora o esperar a que te busquen el sacerdote cuando estés en una camilla, casi sin fuerzas para denunciar tus pecados? No tengas en cuenta la vergüenza que vas a sentir, porque ésta ya es un buen purgante. Más bien, esfuérzate por escuchar esas benditas palabras que regará tu alma como lluvia de amor: “Tus pecados están perdonados… Levántate y anda”. Vive la experiencia, igual que ese paralítico, de marchar a tu casa, a tu comunidad, dando gloria a Dios y sirviendo a los hermanos.

Señor: quiero comenzar pidiendo perdón. Porque tengo pecados encerrados en mi memoria, en mi pasado; quizás olvidando tu misericordia. Perdón por los años en que te he dejado aguantando y pasando trabajos, sin limpiar la morada en la que habitas. Perdón, porque me ha faltado valentía y humildad para reconocer mis miserias ante el trono de tu misericordia. Perdón, por la falta de fe, de considerar que el sacerdote es un pecador en su dimensión humana, y no considerar que éste también se confiesa con otro sacerdote.

También, te quiero dar las gracias, porque no te escandalizas de cómo llego hasta ti. No te fijas de si voy o si me llevan. No reparas si llego en mis pies o en camillas. Lo único que te fijas es que llegué, sin importar las condiciones. Hoy, Señor, llega la liberación a mi vida. Hoy se abren las gavetas que he tenido encerradas por tanto tiempo, amargando mi existencia. Señor, hoy, con tu perdón, nací de nuevo.

  1. ¿Cuándo es el acto penitencial en tu parroquia en este tiempo de Adviento?
  2. ¿Ya preparaste tu confesión?
  3. ¿Necesitas pedir prórroga? ¡Anímate!