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PEREGRINA DE LA ESPERANZA

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MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS: 12/12/23 (Is 7,10-14; Sal 66; Gal 4,4-7; Lc 1,39-47).

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de América. Cuenta la historia que en el año 1531 la Virgen María se le apareció a un indio azteca, convertido al cristianismo, llamado Juan Diego. Le pidió que fuera su mensajero para decirle al obispo que construyera un santuario en aquel lugar. Sintiéndose pequeño e incapaz para aquella misión, por las circunstancias sociales de la época, la Virgen le abrió camino.

La Señora hizo crecer rosas perfumadas en aquel lugar, cuando no era época de éstas. Juan Diego las recogió en su manto para enseñarlas al obispo y, al mostrarlas, apareció la imagen de la Virgen. Una Virgen morenita, como los nativos indígenas mexicanos. Con esta evidencia comenzó la historia, donde peregrinan, actualmente, millones de creyentes al Santuario de Nuestra Señora de Guadalupe. Juan Diego fue canonizado en 2002 por el Papa Juan Pablo II.

La primera lectura de Isaías nos confirma que “Dios está con nosotros”. La señal comienza con la Virgen María. Nos recuerda el papa Francisco, que Jesús no llegó al mundo como un adulto, sino como un Niño, “nacido de una mujer”. María es puente entre el cielo y la tierra para acercarnos a Jesús, quien, como dice san Pablo, “nos restaura” y “nos hace hijos de Dios”. Con las legítimas apariciones marianas, reconocidas y aprobadas por la Iglesia, constatamos que Dios sella su alianza con la humanidad doliente.

Lucas, el evangelista, nos hace meditar en la Virgen María como mujer de la prontitud para los planes de Dios. Sabiéndose escogida, Madre del Salvador, no se instala para ser visitada, sino que peregrina para llevar a Jesús y servir, allí donde la necesitan. Así es la Madre, siempre está presente en nuestro valle de lágrimas para alentarnos y consolarnos en el caminar.

Con razón, hoy, nos dice el Salmo “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. La alabanza nace cuando nos quedamos maravillados ante la ternura de Dios, quien se ocupa de buscarnos una Madre buena, que nos ame y nos diga cómo son las cosas. Una Madre que comprende y sabe desempeñarse con nuestra fragilidad. Ella nos enseña a alabar al Señor, y a servir a los más necesitados.

  1. ¿Dónde están “tus rosas”, para la Virgen María?
  2. ¿Cuáles “virtudes” Ella quisiera ver plantadas en el jardín de tu vida?
  3. ¿Por qué la presencia mariana emana fragancia de integración, participación y comunión?
  4. ¿Tú has descubierto el Santo Rosario como mediación de gracia?
  5. ¿Por qué “ir a Jesús con María” es la mejor medida para no perderse en el camino?
  6. ¿Tú, como María, buscas estar presente, con santa actitud, donde te necesitan?