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RESCATAR AL INOCENTE DE LA TRAMPA DEL CAZADOR

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MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 28/12/23 (1Jn 1,5-2,2; Sal 123; Mt 2,13-18).

Hoy la Iglesia celebra a los santos inocentes. Se remonta a la decisión del rey Herodes, de quitar la vida a todos los niños menores de dos años de edad pertenecientes a Belén y sus alrededores. Su objetivo era eliminar al Niño Jesús, tenido por él como amenaza para su trono. Estos niños, sin nombres conocidos, fueron mártires de los primeros siglos. Se conmemora cerca de la Navidad porque dieron la vida por el Señor, aun sin saberlo, luego de su venida.

Es urgente, en estos tiempos, recuperar la inocencia que te lleva a dar la vida cotidianamente por el Señor. Urge abrazar la inocencia para rezar y orar con devoción y pasión, para dar la milla extra en gratuidad y alegría. Apremia la inocencia de quien no tiene nada qué temer y se entrega con paz, amando y sirviendo a Dios en los hermanos. Quien vive desde la inocencia, que no es ingenuidad, siempre cuenta con un ángel bueno que lo libra de la red del cazador.

La imagen del ángel que, en sueño, le dice a José: “Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto”, resuena hoy en nuestros corazones. Porque hay muchos cazadores modernos, los “Herodes” de este tiempo, que utilizan su poder para abusar del inocente, y de la inocente, que no tiene fuerzas para defenderse.

Dentro de ti se pueden estar debatiendo “la inocencia” y “el cazador”. Cuando te dices a ti mismo: “no se puede ser inocente porque hay mucha malicia”, te estás echando el lazo. Pero cuando huyes de la red, sin perder la inocencia, recuperas las enseñanzas del Señor cuando dice: “Yo los envío como a ovejas en medio de lobos: sean astutos como serpientes y mansos como palomas” (Mt 10,16).

El salmo del día refleja la postura de la persona que no devuelve malicia por malicia, sino que se mantiene firme en sus convicciones honestas y espera en el Señor, quien le rescata su vida cuando estaban por tragárselo vivo. El Señor rompió la trampa y escapó.

Señor, como nos enseña la primera carta de Juan, quiero habitar en la luz de tu verdad. No quiero ser una persona de oscuridad. Dame la gracia de reconocer mis pecados, confesarlos y abrazar tu perdón. Perdón por las veces que he actuado desde la malicia que llevo dentro y no desde la inocencia, como tú me creaste. Quiero, como José, defender la vida, abogar por ella, y rescatarla como tú lo has hecho conmigo. Agradezco infinitamente, Señor, la memoria de tantas trampas rotas ante mis ojos, porque tú y tu Madre se encargaron de librarme del cazador.

Pregúntate interiormente:

  1. ¿Dónde ha quedado tu inocencia?
  2. ¿Te has aprovechado de la inocencia de alguien para sacar ventajas?
  3. ¿Qué te está bloqueando para recuperar la inocencia primera?
  4. ¿Cómo diferencias la inocencia de la ingenuidad?
  5. ¿Cómo puedes identificar la malicia dentro de ti mismo? ¿Por qué nace la malicia y cómo se destierra?
  6. En este momento: desde dónde estás viendo y cómo vives, ¿con inocencia?, ¿con inocencia y malicia juntas? ¿huyendo de la trampa? ¿dando la vida por Cristo? ¿Ninguna de las anteriores? ¿Cómo te reconoces?