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Santa Monica. Madre de San Agustín. Modelo y Patrona de las Madres Cristianas

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Celebramos la memoria litúrgica de Santa Mónica, madre de San Agustín, considerada modelo y patrona de las madres cristianas.

Sobre ella, su hijo nos da muchas informaciones en el libro autobiográfico “Las confesiones”, obra maestra entre las más leídas de todos los tiempos.

Mónica nació en Tagaste a unos 100 km de la ciudad de Cartago en el año 332. Sus padres encomendaron la formación de sus hijas a una mujer muy religiosa pero de muy fuerte disciplina.

Ella deseaba dedicarse a la vida de oración y de soledad, pero sus padres dispusieron que tenía que esposarse con un hombre llamado Patricio. Este era un buen trabajador, pero terriblemente malgeniado, y además mujeriego, jugador y sin religión ni gusto por lo espiritual.

San Agustín bebe el nombre de Jesús con la leche materna y fue educado por su madre en la religión cristiana, cuyos principios mantendrá impresos en él también en los años de desliz espiritual y moral.

Patricio la hizo sufrir lo que no está escrito y por treinta años ella tuvo que aguantar los tremendos estallidos de ira de su marido que gritaba por el menor disgusto, pero éste jamás se atrevió a levantar la mano contra ella.

leq6x1qinkc6vfnzo6kht0u49vfnzo6kht0u7.jpgAl filo de los veintidós años Mónica es madre. El 13 de noviembre del 354 nace su primogénito: Agustín. Otros dos vástagos brotarán de su seno: Navigio y Perpetua. dos varones y una mujer. Los dos menores fueron su alegría y consuelo, pero el mayor Agustín, la hizo sufrir por docenas de años.

En aquella región del norte de África,las demás esposas le preguntaban a Mónica porqué su esposo era uno de los hombres de peor genio en toda la ciudad, pero no la golpeaba nunca, y en cambio los esposos de ellas las golpeaban sin compasión. Mónica les respondió: “Es que, cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio.

Cuando el grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos y yo no acepto la pelea, pues….no peleamos”. Esta fórmula se ha hecho célebre en el mundo y ha servido a millones de mujeres para mantener la paz en la casa.

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Rica en dones de espíritu y en gracias exteriores, al cumplir los veinte se casa con Patricio, curial de Tagaste, noble pero arruinado también. El corazón del esposo, naturalmente leal y honrado, estalla en volcanes de pasiones vergonzosas. Pagano, violento, de fibra colérica y de pensamientos nada castos, choca en rudo contraste con la delicadeza de Mónica, que consigue enamorarlo y vencerlo, en medio de sus repetidas y alardeadas infidelidades.

Agustín es una llamarada de ímpetus contrarios. La fogosidad de Patricio y la ternura de Mónica arden en su corazón. Navigio es más plácido, más tímido, más maternal; como Jacob. Agustín lleva arreboles de crepúsculo y ascuas de fuego en la sangre.

Comienza ahora el calvario más cruel de la madre. Sólo Agustín le importa, porque le ve al borde del abismo. “Amar y ser amado” es el lema del escolar brillante, a quien el orgullo de sus paisanos vaticina ya gloria de la patria. La labor de Mónica en la educación de Agustín, estremecido de pasiones rugientes, como su padre, en el albor de los dieciséis años, cae estruendosamente a tierra. La indiferencia de Patricio, preocupado sólo por los aplausos, contribuye al derrumbamiento.

Patricio y Mónica se habían dado cuenta de que su hijo mayor era extraordinariamente inteligente, y por eso lo enviaron a la capital del estado, la ciudad de Cartago, a estudiar filosofía, literatura y oratoria. Pero Agustín tuvo la desgracia de que su padre no se interesaba por sus progresos espirituales.

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Monica.jpegCuando murió su padre, Agustín tenía 17 años y empezaron a llegarle a Mónica noticias cada vez peores, de que el joven llevaba una vida poco santa.

Viuda y joven, con sus treinta y nueve años, viste sencillamente, ayuna y se ejercita en obras de piedad. Agustín no ha asistido a la muerte de su padre. Estudiante en Cartago, recibe con dolor la triste noticia. La viuda pobre no podrá seguir costeándole los estudios. Pero el corazón generoso de un amigo, Romaniano, soluciona felizmente la contrariedad. Agustín y Mónica pagarán al mecenas con la educación de su hijo Licencia, perfectamente lograda en ciencia y en espíritu por tan extraordinarios preceptores.

Mónica quiere casto a Agustín. Al saberle en pubertad, ya antes de morir Patricio, le exhortó con valentía sobre los bienes de la continencia. Pero Agustín despreció el consejo como “palabras de mujer”. Ahora, lejos de su madre, envuelto en los peligros de una gran ciudad, “ama al fin, es amado y gusta los placeres, los celos y todas las tempestades del amor”.

Se hizo socio de una secta llamada de los Maniqueos, que afirmaban que el mundo no lo había hecho Dios, sino el Diablo. Mónica que era bondadosa pero no cobarde, ni floja, al volver su hijo de vacaciones y empezar a oírle mil barbaridades contra la verdadera religión, lo echó sin más de la casa y le cerró las puertas, porque bajo su techo no quería albergar a enemigos de Dios.

Santa Monica.jpgPero sucedió que en esos días Mónica tuvo un sueño en el que vio que ella estaba en un bosque llorando por la pérdida espiritual de su hijo y que en ese momento se le acercaba un personaje muy resplandeciente y le decía :”tu hijo volverá contigo” y enseguida vio a Agustín junto a ella.

Por muchos siglos ha sido muy comentada la bella respuesta que un obispo le dio a Mónica cuando ella le contó que llevaba años y años rezando, ofreciendo sacrificios y haciendo rezar a sacerdotes y amigos por la conversión de Agustín.

Cuando tenía 29 años, el joven decidió ir a Roma a dar clases. Ya era todo un doctor. Mamá se propuso irse con él para librarlo de todos los peligros morales. Al llegar junto al mar le dijo a Mónica que se fuera a rezar a un templo, mientras iba a visitar a un amigo, y lo que hizo fue subirse al barco y salir rumbo a Roma, dejándola sola, pero Mónica no era mujer débil para dejarse derrotar tan fácilmente. Tomó otro barco y se dirigió a Roma.

En Milán; Mónica se encontró con el Santo más famoso de la época, San Ambrosio, arzobispo de esa ciudad. En él se encontró un verdadero padre lleno de bondad y de sabiduría que la fue guiando con prudentes consejos. Agustín se quedó impresionado por su enorme sabiduría y la poderosa personalidad de San Ambrosio y empezó a escucharle con profundo cariño y a cambiar sus ideas y entusiasmarse por la fe católica.

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Y sucedió que en el año 387, Agustín, al leer unas frases de San Pablo sintió una impresión extraordinaria y se propuso cambiar de vida. Envió lejos a la mujer con la cual vivía en unión libre, dejó sus vicios y malas costumbres. Se hizo instruir en la religión y en la fiesta de Pascua de Resurrección de ese año se hizo bautizar.

Agustín, ya convertido, dispuso volver con su madre y su hermano, a su tierra, en el Africa, y se fueron al puerto de Ostia a esperar el barco. Pero Mónica ya había conseguido todo lo que anhelaba es esta vida, que era ver la conversión de su hijo.

Ya podía morir tranquila. Y sucedió que estando ahí en una casa junto al mar, por la noche al ver el cielo estrellado platicando con Agustín acerca de como serán las alegrías que tendrían en el cielo ambos se emocionaban comentando y meditando los goces celestiales que los podían esperar.

Ya he obtenido mi gran deseo, el verte cristiano católico. Todo lo que deseaba lo he conseguido de Dios”. Poco después le invadió una fiebre, y en pocos días se agravó y murió. Lo único que pidió a sus dos hijos es que no dejaran de rezar por el descanso de su alma. Murió en el año 387 a los 55 años de edad.

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