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Domingo XXIII del Tiempo Ordinario. Ciclo A. “Si tu hermano peca, repréndelo a solas…”

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Las lecturas bíblicas de la misa de este domingo coinciden en el tema de la caridad fraterna en la comunidad de los creyentes, que tiene su fuente en la comunión de la Trinidad. El apóstol san Pablo afirma que toda la Ley de Dios encuentra su plenitud en el amor, de modo que, en nuestras relaciones con los demás, los diez mandamientos y cada uno de los otros preceptos se resumen en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (cf. Rm 13, 8-10).

Iniciamos hoy en las lecturas evangélicas una extensa serie dedicada a la vida comunitaria (casi hasta final del año litúrgico). Hoy se nos presenta la comunidad cristiana como lugar de corrección fraterna y de oración y el próximo domingo como lugar de perdón.

 En estos dos domingos es significativo que en los evangelios aparezca repetidamente la palabra “hermanos”. Y más aún si se tiene en cuenta que se trata de lo que los exegetas llaman “el sermón sobre la Iglesia”. A partir de este domingo, las lecturas que leemos tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento se centran en la vida comunitaria.

La fraternidad es, pues, la primera consigna constitucional para la Iglesia.   “Todos sois hijos de Dios. Comportaos como hijos del Padre que es Amor”. Al profeta Ezequiel le urge Dios para que no calle, porque callando se hará responsable de la ruina de su pueblo. Dios le ha hecho “centinela” que ayude a sus hermanos, que sepa dar la alarma cuando vea que es necesario, y les recuerde que no se han de desviar de los caminos del Señor.

El amor al hermano no se muestra sólo diciéndole palabras amables y de alabanza -que es de esperar que sean las más-, sino también, cuando haga falta, con una palabra de ánimo o de corrección. El silencio a veces puede ser complicidad.

Se llama “corrección fraterna”. O sea, se corrige porque somos hermanos. Se reprende porque se ama. La corrección nunca puede ser una venganza inconsciente y nunca debe enmascarar un instinto de superioridad. Lo único que debe preocupar es el bien del hermano. Por eso: verdad y caridad van juntas.

Los tres textos de la liturgia de la palabra de este domingo se inscriben en esta línea general: la preocupación por el hermano, como una versión del mandato del amor al prójimo.

San Mateo nos proporciona acceso a la vida íntima de una comunidad cristiana de los primeros tiempos y nos muestra cómo se practica en ella la corrección fraterna, tal como intentaron luego establecerla los legisladores monásticos en las familias por ellos constituidas.

Nuestros defectos los conocen mucho mejor los demás que nosotros mismos. Eso sí, la corrección fraterna debemos hacerla con amabilidad. No se corrige al hermano echándole en cara sus defectos. Una cosa es mostrarse indiferente, descuidando la caridad fraterna, y otra convertirse en inquisidores entrometidos o que actúan por despecho. Una cosa es ser centinela que avisa -se supone que en contadas ocasiones- del peligro que acecha, y otra erigirse en juez moralizador o en dueño del bien y del mal.

La clave nos la da Pablo en la segunda lectura: el amor, la ley fundamental del cristiano: “A nadie le debáis nada, más que amor. . . amarás a tu prójimo como a ti mismo. Uno que ama a su prójimo, no le hace daño”. El que ama sí que puede corregir al hermano, porque lo hará con delicadeza, lo hará no para herir, sino para curar, y sabrá encontrar el momento y las palabras.

No sólo verá los defectos sino también las virtudes. Y por eso, porque ama y se preocupa de su hermano, se atreve a corregirle y ayudarle. Como un padre no siempre calla, sino que habla y anima a sus hijos, y, si es el caso, les corrige, ayudándoles a cambiar y haciéndoles fácil la rehabilitación. Como el educador hace lo mismo con sus alumnos y el amigo con su amigo.

Para entender mejor el deber de corrección fraterna, parece más útil empezar por los últimos versículos del texto que se nos proclama y que ponen ante nuestros ojos lo que es una comunidad, una Iglesia local.

Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. “Reunirse en nombre de Jesús” significa para san Mateo reunirse en Iglesia, y por lo tanto la Iglesia es para él, siguiendo las palabras de Jesús, aquellos que se encuentran reunidos en Nombre de Jesús.

Esa asamblea de dos o tres tiene asegurada la presencia del Señor; para la Iglesia se trata de la presencia de Cristo glorioso. San Mateo refiere las palabras de Cristo: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). La corrección fraterna es una gran forma de caridad, a esto alude también la lectura primera, tomada del profeta Ezequiel. San Pablo nos exhorta a observar la ley suprema del amor.

El misterio de la Iglesia de Cristo, en cuanto comunidad fraterna, impone a todos sus miembros actitudes de celo apostólico por la salvación de todos los hombres, ya que se alimenta de la Eucaristía, sacramento de unidad y de amor. El amor a Cristo nos lleva al amor a los hermanos y viceversa.

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