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La Conmemoración De Los Fieles Difuntos.

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De esta forma el mes de noviembre es un mes eclesial. Las tres iglesias, la del cielo, la del purgatorio y la de la tierra, se unen y compenetran. Esta compenetración la tenemos cada día en la santa misa. Al llegar el canon la Iglesia terrestre se apiña alrededor del celebrante: el Papa, el obispo, el Jefe del Estado, todos los católicos y ortodoxos, después todos los circunstantes, cuya devoción y fe conoce el Señor.

Pero además convocamos y entramos en comunicación con la Iglesia del cielo: la gloriosa Virgen María, los santos apóstoles Pedro y Pablo y todos los santos. Y no falta el recuerdo piadoso para los fieles difuntos “para que a ellos y a todos los que descansan en Cristo les conceda el Señor por nuestros ruegos el lugar del refrigerio, de la luz y de la paz”.

Sí, cada misa es una inmensa asamblea, de proporciones tales que trasciende el tiempo y el espacio.

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El 1 y el 2 de noviembre nuestro pensamiento se remonta hacia la eternidad, al recuerdo de los santos y de los difuntos; y todavía el 9 y el 18 del mismo mes la liturgia vuelve a insistir en tales ideas con motivo de la dedicación de las iglesias principales de Roma.

El mismo templo material es un símbolo de la Iglesia eternal, y los cristianos nos sentimos transportados a la “ciudad santa de Jerusalén”, donde no hay llanto, ni clamor, ni gemido, porque todo eso son cosas ya pasadas.

Noviembre, mes de los difuntos, de las hojas caídas, de los días cortos y del invierno en puertas, tiene para la gente un carácter funerario. Para nosotros debe tener un aspecto pascual y luminoso, el mismo que llena de resplandores a la muerte cristiana.

El cristiano “no se muere”, en sentido pasivo, y con su muerte, acaba todo, sino que “muere”, es decir, entrega su alma al Creador”. Morir es para el fiel un acto humano, el más sublime y trascendental de todos, que a ser posible debe hacerse en plena conciencia.

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La muerte, que es sólo un símbolo en el bautismo, se hace realidad en el lecho mortuorio. Entonces morimos de verdad para resucitar de verdad a la vida del cielo, de la que la gracia santificante, que se nos dio en la aguas bautismales, era como una semilla.

Por eso la Iglesia llama dies natalis, día del nacimiento, a aquel en que sus santos murieron. Auténticamente la muerte es una vivificación, en modo alguno un esqueleto con guadaña.

De ahí el carácter de “celebración pascual” que le da la liturgia. En las letanías de la recomendación del alma, se evocan las grandes figuras del Antiguo Testamento que son figuras de Cristo resucitado, tales como Noé, liberado del diluvio; Moisés, libertado de Faraón; Isaac, de las manos de su padre Abraham; David, de Goliat; Daniel, de los leones; los tres niños, del horno de Babilonia.

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El fiel ve entonces que su alma, sometida a las tentaciones y vaivenes de este mundo, va a pasar, ya libertada, a colocarse bajo la tutela del Buen Pastor. Muchos de los salmos del oficio de difuntos, sobre todo los de las vísperas, cantarán este “tránsito” o paso (pascua quiere decir paso), pues son del grupo de los llamados “graduales”. El cristiano no muere solo, porque muere con Cristo, sino además muera acompañado, asistido y conducido por su madre la santa Iglesia.

Porque el difunto murió “con el sello de la fe”, según se dice en el canon de la misa, es cosa sagrada y la Iglesia concede un cierto culto a su cadáver. Aquel cuerpo fue templo del Espíritu Santo y además algún día gozará de la resurrección. Por eso, los lugares en que se entierran los fieles se llaman “cementerios”, palabra inventada por los cristianos y vale tanto como dormitorios, donde sus cuerpos reposan hasta que despiertan el gran día de la resurrección.

Mujeres en el SepulcroGran parte de los ritos funerarios son sugeridos por esta creencia. El lavado y perfumado del cadáver, el vestido de que se le cubre, las honras que la Iglesia le tributa tienen explicación por tratarse de una cosa santa, que oportunamente merecerá gozar de la gloria eterna.

La muerte no es una “pérdida irreparable”, el cementerio no es la “última morada’. San Pablo decía a los fieles de Tesalónica: “No os entristezcáis, como los demás que no tienen esperanza. Pues si creemos que Jesús murió y resucitó, también Dios, a los que murieron por Jesús, los llevará con Él… Consolaos, pues, con tales pensamientos” (1 Thess. 4,12-13.17).

En el día de los Fieles Difuntos, más que perder el tiempo en descripciones tremendistas de la muerte, hemos de consolarnos con lo que la muerte representa para los cristianos, el tránsito de la vida terrena a la celestial, del tiempo caduco a la eternidad bienaventurada.

Purgatorio

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El purgatorio es el dogma de la misericordia divina. Isaías vio que llamas de fuego envolvían el trono del Altísimo. Para llegar a la presencia de Dios hay que ir puro y sin reliquias de pecado. Conocido es el episodio que narra el libro segundo de los Macabeos, donde se mencionan las oraciones hechas en favor de los soldados difuntos, bajo cuyas túnicas fueron hallados objetos idolátricos.

Todos sus compañeros “puestos a orar rogaron al Señor que diese al olvido el delito que acababan de cometer” y Judas Macabeo hizo una colecta de doce mil dracmas que envió al Templo de Jerusalén para ofrecer un sacrificio expiatorio por los pecados de los caídos en el campo de batalla, “porque tenía ideas buenas y religiosas respecto de la resurrección” (2 Mach. 12,39-46).

Que la Iglesia primitiva rezaba por los muertos consta pon la tradición tan bellamente recogida por San Agustín en el libro de las Confesiones (c.9) al hablarnos de la muerte y sepultura de su madre Santa Mónica.

La antigüedad cristiana había visto de primera intención en la muerte del cristiano el aspecto pascual y festivo del tránsito, del paso al seno de Dios, como un reflejo de las palabras tan dulces de San Juan: “Allí siempre estaremos con el Señor”. En los formularios antiguos hay una, paz, que no se turba por nada. Los que han muerto en el seno de la Iglesia católica “están en el Señor”.

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