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Domingo XXXII Tiempo Ordinario. (Ciclo A) Las Diez Vírgenes.

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Cuando el Año Litúrgico está a punto de llegar a su fin, la mirada se vuelve hacia la conclusión de la historia y el retorno de Cristo. Los tres últimos domingos del año tienen en sus lecturas un claro tono de “escatología”: apuntan, cada uno a su modo, a la Venida de Cristo. Hoy, con la parábola de las vírgenes, el próximo, con la de los talentos, y el último, con la solemnidad de Cristo Rey.

El Adviento, seguirá también en esa clave de mirada al futuro y de invitación a la vigilancia. Es la temporada del año en que los cristianos somos interpelados por la Palabra respecto a nuestra esperanza y preparación hacia esa venida. Hoy la homilía podría tener este matiz: la sabiduría verdadera está en saber estar atentos y vigilantes ante la presencia del Señor en nuestras vidas y su vuelta final.

La primera lectura nos ha presentado la urgencia de encontrarnos con la verdadera sabiduría, que el autor ha descrito como una persona que nos sale al encuentro y quiere que la busquemos: el que está con los ojos abiertos y sabe acogerla, ése será en verdad afortunado. Y, según este texto, es fácil poseer la sabiduría.

Como dice Pablo en la 2a. lectura, a un cristiano la vida se le llena de esperanza porque está convencido de una cosa: así como Cristo ya ha resucitado de entre los muertos, así todos estamos destinados a resucitar también a la nueva vida. Y esto ilumina y da un color de sabiduría a cada uno de nuestros días. El evangelio de hoy invita a recordar este hecho: nuestra vida es una espera de la llegada del esposo.

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El evangelio de hoy nos sugiere, entre otras cosas, que cada uno debe responder ante Dios con su propia vida, no con las prestaciones de la vida de los demás. No se trata de que luzca nuestra lámpara con el aceite de otro. Dios escruta hasta lo más hondo de la persona y no se le puede engañar: el que no tiene vida propia no tiene vida humana y si no se vive, por mucho que se quiera aparentar, no se disimula .

Ante todo se trata de mantener despierta esta fe en nosotros. Pablo la despierta (segunda lectura) en aquellos que se afligen por sus difuntos como «los hombres sin esperanza», y les hace ver que no se trata de una aniquilación ni de una transmigración de las almas, sino de la participación en la resurrección de Cristo, que ha superado la aparente definitividad de la muerte.

Y esta resurrección de los muertos es para el apóstol tan cierta y apremiante que tendrá lugar según él antes incluso de que lleguen al cielo los que aún están vivos.

El hombre no tiene necesidad de buscar lejos esta sabiduría o prudencia: la hallará sentada a su puerta, no tiene más que dejarla entrar. Pero debe «velar por ella» (Sb 6,1S), y al velar por ella pronto se verá «sin afanes», sobre todo se verá libre de la preocupación por lo que le espera después de la muerte. La sabiduría o prudencia dada por Dios es, en todo el libro de la Sabiduría, lo que consuela, lo que reanima, lo que transmite la bondad de Dios.

Ella promete que «los justos vivirán eternamente» (S,15), que obtendrán «la incorruptibilidad» al lado de Dios y «reinarán eternamente» junto a él (6,18.21). «Esperan de lleno la inmortalidad» (3,4).

La Primera Lectura Se presenta aquí la Sabiduría de Dios personificada por una joven hermosa que solicita a su amante para un encuentro feliz. La Sabiduría no se comporta como una mujer esquiva; todo lo contrario: se hace la encontradiza para los que la aman, para los que la desean y la buscan.

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La Sabiduría de Dios madruga más que quienes la desean. La sabiduría del hombre consiste, pues, en aceptar que alguien le preceda y sea el fundamento de todo lo que él es y posee. El hombre gozará de una perfecta inteligencia (v. 15), una vez que acepte ver las cosas bajo este ángulo, cuando tenga superado su egoísmo y se abra a la gratuidad de Dios.

La sabiduría de Dios madruga más que los que la desean. Cuando éstos despiertan y empiezan a buscarla, se la encuentran esperando a la puerta. No necesitan andar tras de ella todo el día. Dios se presenta siempre al hombre que le busca y se anticipa a sus deseos.

Un salmo tradicionalmente matutino debido a una frase del v. 2, que en la versión española se ha traducido así: «Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo».

En la versión latina, tanto de la Vulgata como de la usada por san Agustín , el texto dice así: «Deus, Deus meus, ad te de luce vigilo” (¡Oh Dios!, tú eres mi Dios, por ti madrugo). ·Agustín-SAN comentó este salmo en un sermón predicado en Hipona en la Cuaresma del 412.

San Agustín empieza su sermón con unas consideraciones sobre el valor profético del salterio -y en general de los textos del Antiguo Testamento- en referencia a Cristo, tanto a su primera venida como a la segunda.

Este salmo habla en persona de Cristo nuestro Señor, es decir de la cabeza y de los miembros. […] El es nuestra cabeza, nosotros somos sus miembros. Toda su Iglesia, que se halla diseminada por el mundo entero es su cuerpo, del cual él es la cabeza. Todos los fieles, no sólo los actuales, sino también los que existieron antes que nosotros y los que después de nosotros han de existir […] pertenecen a su cuerpo.

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«Si vigiláis, debéis cotidianamente decir a éstos [los que se hallan en el sueño del alma]: Tú que duermes, despierta y levántate de entre los muertos, y Cristo te iluminará (Ef 5, 14). Vuestra vida y vuestras costumbres deben estar despiertas en Cristo para que las perciban otros, los dormidos paganos, y así, al ruido de vuestra vigilia, se exciten y desperecen del sueño y comiencen a decir con vosotros: !Oh Dios! tú eres mi Dios, por ti madrugo (n. 4).

El salmista encontró el tesoro, y aseguró su libertad. Dios, un Dios poseído por la fe en el corazón, es como una carga de profundidad que le hace estallar al salmista en un arranque de júbilo: «Te alabarán mis labios; toda mi vida te bendecirá, y alzaré las manos invocándote. »

La oración se hace deseo, sed y hambre, porque implica el alma y el cuerpo. Como escribe santa Teresa de Ávila, “sed me parece a mí quiere decir deseo de una cosa que nos hace tan gran falta que, si nos falta, nos mata” (Camino de perfección, c. 19).

La liturgia nos propone las primeras dos estrofas del salmo, centradas precisamente en los símbolos de la sed y del hambre, mientras la tercera estrofa nos presenta un horizonte oscuro, el del juicio divino sobre el mal, en contraste con la luminosidad y la dulzura del resto del salmo.

En la Segunda Lectura Pablo afirma la identidad del destino del cristiano con Cristo resucitado. Este tema es el principal. El cristiano ha establecido una unión con Xto cuando ha creído, se ha unido a Él, se ha bautizado, que no se rompe nunca y que hace que cuanto ocurre y ha ocurrido a Xto, le ocurra también a quien ha establecido esa comunidad con Él.

San Agustín sobre Mt 25,1-13: La virginidad del cuerpo la poseen pocos; la del corazón han de poseerla todos.

Aquellas vírgenes simbolizan a las almas. En realidad no eran sólo cinco, pues eran símbolo de millares de ellas. ese número cinco comprende tanto varones como mujeres, pues ambos sexos están representados por una mujer, es decir, por la Iglesia. Y a ambos sexos, estos es, a la Iglesia, se la llama virgen: Os he desposado con un único varón para presentaron a Cristo cual virgen casta (2 Cor 11,2).

La virginidad de la carne consiste en la pureza del cuerpo; la del corazón en la incorruptibilidad de la fe. A la Iglesia entera, pues, se la denomina virgen y, con nombre masculino, pueblo de Dios; uno y otro sexo es pueblo de Dios, un solo pueblo, el único pueblo; y una única Iglesia, una única paloma. Y en esta virginidad se incluyen muchos miles de santos. Luego las cinco vírgenes simbolizan a todas las almas que han de entrar en el reino de Dios.

El número cinco, porque cinco son los sentidos del cuerpo conocidísimos de todos. Cinco son las puertas por las que las cosas entran al alma mediante el cuerpo: o por los ojos, o por el oído, o por el olfato, o por el gusto, o por el tacto; por uno de ellos entra cualquier cosa que apetezcas desordenadamente.

¿Quiénes son las vírgenes necias? También ellas son cinco. Son las almas que conservan la continencia de la carne, evitando toda corrupción, procedente de los sentidos, que acabo de mencionar.

Evitan ciertamente la corrupción, venga de donde venga, pero no presentan el bien que hacen a los ojos de Dios en la propia conciencia, sino que intentan agradar con él a los hombres, siguiendo el parecer ajeno. Van a la caza de los favores del populacho y, por lo mismo, se hacen viles, cuando no les basta su conciencia y buscan ser estimadas por quienes las contemplan.

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Evidentemente no llevan el aceite consigo, aceite que es el hecho de gloriarse, en cuanto que procura brillo y esplendor. Pero ¿qué dice el Apóstol? Observa a las vírgenes prudentes que llevan consigo el aceite: Cada uno examine su obra, y entonces hallará el motivo de gloria en sí mismo, no en otro (Gál 6,4). Éstas son las vírgenes prudentes.

Las necias encienden ciertamente sus lámparas; parece que lucen sus obras, pero decaen en su llama y se apagan, porque no se alimentan con el aceite interior. Como el esposo se retrase, quedan dormidas todas, en cuanto que todos los hombres, de una y otra categoría, se duermen en el momento de la muerte.

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