Sáb. May 8th, 2021

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Semana in Albis (Octava de Pascua).

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La fiesta de Pascua está dotada de una octava, privilegiada entre todas las demás 14. La octava de Pascua no fue universalmente admitida, en occidente como en oriente, sino a finales del siglo IV, es decir, en una época en que la significación primitiva de la “cincuentena” pascual había sido ya modificada sensiblemente.

No era ya tanto la representación y el símbolo del único misterio divino y eterno de la redención, como “la conmemoración histórica, réplica fiel de los acontecimientos de la redención en su orden cronológico: muerte, resurrección, ascensión, misión del Espíritu Santo.

Entonces se comprende que el ciclo antiguo de siete semanas se haya podido desdoblar en un nuevo ciclo de ocho días, definido tan sólo por el día de Pascua, por la resurrección, por uno de los actos redentores, y que el nuevo ciclo haya recibido sorprendentemente un carácter festivo y bautismal.

La Iglesia tenía sumo interés en prolongar durante una semana entera la solemnidad del día de Pascua, única fiesta bautismal del año, para permitir a los neófitos saborear, en su original frescura, la alegría de su bautismo y dar gracias a Dios por el insigne beneficio que acababan de recibir.

Prolongar una semana la fiesta de Pascua era además seguir el ejemplo de los judíos, para quienes la solemnidad pascual duraba por lo menos siete días. Nuestra fiesta de Pascua está actualmente dotada de una verdadera octava que termina con el Domingo Quasimodo.

Desde el principio, la celebración de la fiesta no se prolongaba más de siete días, los dies baptismales, y que se terminaba no como hoy, en el Domingo Quasimodo, sino el sábado precedente, el sábado in albis, cuya importancia litúrgica era superior a la del octavo día, como se advierte aún por diversas peculiaridades.

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La liturgia de la semana de Pascua no interesaba solamente a los neófitos que acababan de recibir el bautismo durante la noche pascual. Brindaba además, preferentemente, a todos los que habían tenido la dicha de nacer a la vida de Cristo resucitado, la ocasión de renovarse en la gracia de su bautismo y de expresar a Dios su agradecimiento cada vez más profundo.

Los cristianos habían tenido mayor facilidad para unirse a los neófitos y tomar parte en las asambleas litúrgicas, durante la semana de Pascua, puesto que se habían suspendido los negocios seculares, cerrado los tribunales y prohibido los intercambios comerciales.

Graciano, en el año 380 y Teodosio en el 389, prohíben las sesiones judiciales durante la semana que precede a la fiesta de Pascua y durante la siguiente. En un sermón que predicó como clausura de la semana de Pascua, san Agustín comprueba, no sin lamentarse, que los días de fiesta han terminado y que vuelven a reanudarse los contratos, los actos judiciales y los procesos

El concilio in Trullo, celebrado en 622, prescribe a los fieles dedicarse al culto divino, durante toda la semana, desde el domingo de Pascua hasta el domingo siguiente 20. Los concilios de Maguncia el año 813, Meaux en 845, de Ingelheim en 948, ordenan que la semana de Pascua se celebre en su totalidad 21.

A comienzos del siglo XII es cuando se ve reducir la vacación laboral a las dos primeras ferias que siguen al domingo de Pascua que han conservado hasta nuestros días una solemnidad especial.

En cuanto a los ritos que tenían lugar durante la semana pascual, “obligaban de algún modo a todos los cristianos a conmemorar automáticamente el aniversario de su bautismo. Las lecciones que se leían en ella, las oraciones que se recitaban, los gestos que realizaban catecúmenos y neófitos, todo avivaba en su espíritu el recuerdo de su propio bautismo; y los esplendores pascuales les recordaban la magnitud de los misterios que se habían operado en sus almas”.

De hecho sabemos que la elección de los diferentes textos del misal para la semana in albis, lecturas, oraciones y cantos, estuvo visiblemente inspirada por el afán de afirmar la fe de los recién bautizados y aumentar el fervor de su gratitud hacia quien les había comunicado su propia vida divina.

La restauración reciente de la vigilia pascual, debido a la importancia que en ella se concede a la renovación de las promesas del bautismo, refuerza al mismo tiempo la importancia de la semana in albis y le confiere, podemos decir, un suplemento de actualidad.

En la noche de Pascua, los cristianos han renovado sus promesas bautismales y que, por alimentarse con el Cordero, han participado en el misterio de Cristo inmolado y resucitado. Es menester aún que puedan disponer de algunos días para dar gracias al Señor por el beneficio recibido, y afianzarse en su conducta de verdaderos hijos de Dios.

El lunes de Pascua la única feria privilegiada de la octava, la Iglesia no puede, como. antiguamente, pedir a todos los bautizados, antiguos o recientes, participar en la misa estacional que, en principio, debería celebrarse solemnemente cada uno de los días de la semana pascual.

En la iglesia romana, el domingo de Pascua y los días siguientes, la celebración de las vísperas pascuales exigía una procesión al baptisterio y al oratorio de la cruz donde había tenido lugar la confirmación. En el transcurso de esta doble estación que se celebraba en estos lugares, se cantaban antífonas apropiadas, salmos y el Magnificat.