Sáb. May 8th, 2021

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V Domingo de Pascua. Ciclo B. «El que permanece en mí da fruto abundante»

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Este 5º domingo de pascua desea subrayar nuestra unión con Cristo Jesús, muerto y resucitado por nosotros, y la necesidad de producir frutos en las buenas obras. La primera lectura nos muestra a Pablo que narra su conversión a los apóstoles y sus predicaciones en Damasco. La experiencia de Cristo lo llevaba a hacer una nueva lectura de la Escritura y a descubrir el plan de salvación. Su anhelo es el de predicar sin descanso a Cristo a pesar de las amenazas de muerte de lo hebreos de lengua griega (1L).

En la segunda lectura, san Juan continúa su exposición sobre la verdad del cristianismo de frente al gran enemigo de la “gnosis”. El amor no se demuestra en bellas palabra o especiales iluminaciones, como pretendían los gnósticos, sino en obras de amor (2L). No se puede separar la fe de la vida moral. La parábola de la vid y los sarmientos nos confirma que sólo podremos dar frutos de caridad, si permanecemos unidos a la vid verdadera, Cristo el Señor (EV).

Por el buen fruto se reconoce el árbol bueno. Y por los frutos, por las buenas obras, reconocemos también a los creyentes.

Si el domingo pasado, san Juan nos advertía que el mundo no nos conoce porque no conoce a Cristo, las lecturas de hoy nos ayudan a reconocer nuestro propio ser cristiano. Más de una vez nos encontramos como fuera de juego en el campo de la vida cristiana.

Este domingo de pascua podíamos calificarlo como el domingo de la unión con Cristo. De una unión que se constituye cuando por nosotros corre la misma savia que corrió por su ser, como la savia de la cepa corre por los sarmientos.

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Esa savia está constituida por los sentimientos. Los sentimientos son lo que mejor nos define, somos lo que sentimos.  Estar unido a Jesús es, ante todo, coincidir en los sentimientos. Tener sus sentimientos es lo que nos hace realmente a nosotros “cristianos” y a Jesús “humano”.

Este tiempo de Pascua es el tiempo que más invita a contemplar el camino de la primera comunidad cristiana, nosotros, estos domingos, en lugar de leer en la primera lectura leemos el libro de los Hechos de los Apóstoles, el libro que narra aquellos primeros pasos de la Iglesia.

Hoy, la lectura de los Hechos de los Apóstoles, la primera lectura que hemos hecho en nuestra celebración, nos ha puesto ante los ojos la figura de un gran hombre, un gran cristiano, un gran apóstol. Se trata de Saulo, el apóstol que conocemos con el nombre de Pablo. Y a su lado, otra gran figura, aunque quizá no tan conocida: el apóstol Bernabé.

La lectura nos ha narrado como Saulo, Pablo, llegó a Jerusalén después de haber descubierto, en Damasco, el camino de Jesús y de haberse adherido a él con toda su alma.

Pero hoy y el domingo que viene, el evangelio, tomado del discurso u oración de la Ultima Cena, nos invita a profundizar en el misterio pascual de Cristo en cuanto a nuestra relación con El.

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El domingo pasado se nos presentaba Cristo como el Buen Pastor. El domingo que viene nos anunciará su testamento del amor y la alegría. Hoy es la hermosa metáfora de la vid y los sarmientos la que nos ayuda a entender toda la intención de la Pascua.

La imagen apunta claramente a una comunión de vida con Cristo. El símbolo de la vid designó a través de todo el Antiguo Testamento al pueblo que Dios se había elegido y del que se ocupaba con amor. Jesús se apodera de este símbolo para hacernos descubrir una nueva realidad: “Yo soy la vid verdadera”.

Los frutos que Dios quiere son el derecho, la justicia, el respeto, la compasión, el servicio. Los frutos que Dios quiere son todos los del Espíritu, los frutos de la verdad y del amor. En la segunda lectura, San Juan nos explica cómo han de ser esos frutos de amor, «no de palabra ni de boca, sino con obras y según verdad».

Y todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto”. No es suficiente que los discípulos produzcan frutos; deben producirlos en la mayor cantidad posible. El que practica el amor tiene que seguir un proceso ascendente, un desarrollo. En este camino no existe más final que amar “hasta el extremo” (Jn 13,1). como Jesús.

«El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante»
«El que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante»

La clave de la vida cristiana es la constante fidelidad a Jesús, el encuentro con él. Su fruto no es moverse mucho, sino dejarle actuar a través de nosotros; dejarle que nos “construya” por dentro.

Los sarmientos, sin la vid, no pueden subsistir. Si los quitamos, se seca, mueren al poco tiempo. Y una rama seca solo sirve para hacer un buen fuego. Para vivir, los sarmientos tienen que permanecer unidos a la vid.

Así nosotros, si queremos tener vida eterna, debemos estar unidos a Jesús resucitado, que nos da la vida, quien hará que nuestro corazón viva para siempre, como escuchamos en el salmo.

Con el bautismo fuimos incorporados a Cristo, a la vid. En este pasaje del Evangelio Jesús nos invita a permanecer en él. Muchas cosas se nos presentan como vid: el dinero, los bienes, la tecnología, los placeres. No son malas por sí mismas. Pero no son la vid, ellas no nos dan la vida. No podemos vivir apagados a ellas. La varadera vid es Jesús. Él si nos da la vida eterna.

En la segunda lectura escuchamos cómo permanecer en Dios. Nos dice San  Juan que permanece en Dios quien cumple sus mandamientos, y nos recuerda que éstos son creer en Jesucristo y amarnos los unos a los otros.

Ambos mandamientos están estrechamente unidos. La fe en Jesucristo nos lleva necesariamente a amar a los demás. Los sarmientos están vivos porque reciben la sabia de la vid. Nosotros nos nutrimos de la sabia de Jesús, al

Pegarnos a él en los sacramentos y en la oración.  Ahí nos comunica su sabia, su amor. Un amor que nos permite dar frutos, que no son otra cosa más que  el amor a los demás. Él, que es Amor, nos da el amor con el que amamos a los demás.

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