Mié. Dic 8th, 2021

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MATRIMONIO: UN PEREGRINAR HACIA LA UNIÓN CON DIOS.

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LECTURAS DE HOY: 03/10/21
(Gn 2,18-24; Sal 127; Hb 2,9-11; Mc 10,2-16)

Las lecturas de hoy, referentes al matrimonio, se proclaman en un contexto donde el individualismo y la comunión se disputan el espacio. Se toca el tema del divorcio como última y penosa alternativa en las relaciones; e ilumina este momento, donde el mismo divorcio parece ser la primera alternativa en la resolución de conflictos. En su sentido profundo, hacia dónde pudieran encausarse la meditación de estos textos bíblicos:

“No está bien que el hombre esté solo” (Génesis). No fueron los animales quienes pudieron hacerles una compañía adecuada al hombre. Incompleto, sin ser aún humanidad, Dios culminó su proceso creacional cuando el mismo hombre pudo identificarse con alguien igual a él, llamada “mujer”, llegando a expresar: “Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne”. Para ser una sola carne con ella, tuvo que renunciar a algo de sí, y lo hizo. La mujer, en adelante, también renunciará para consumarse la unidad soñada por Dios, a su imagen y semejanza. Uno se pregunta: qué tanto, hoy día, esa disposición originaria de la “renuncia” se mantiene vigente para garantizar la unión.

El Salmo deja claro que el matrimonio es una bendición de Dios; la misma queda manifestada en la unidad del hombre y de la mujer que temen al Señor y se mantienen en Él. Este respeto al Señor se expresa en la dignidad de su trabajo, en la imagen de “renuevos de olivos en torno a la mesa”, que remite a la convivencia y a la comunión familiar con hijos e hijas, testimoniando el buen vivir y las sanas relaciones.

La Carta a los Hebreos nos habla de hijos e hijas espirituales; cuando remite al “santificador” y a los “santificados”, nos abre nuevas perspectivas de fecundidad desde la luz del Espíritu Santo. Ahí también consagrados y consagradas nos sentimos integrados como castos por Cristo y fértiles por la multitud con la cual convivimos peregrinando hacia Dios. La misma Carta, también nos alerta a todos y a todas sobre el sacrificio y el martirio que implica ser familia de Cristo.

El evangelio es radical. El divorcio no estuvo en los planes de Dios. Moisés lo permitió por la terquedad de las personas. Quiere decir que terquedad y sabiduría son polos opuestos. Jesús llama al matrimonio a la convivencia sapiencial. La sabiduría comienza con el temor de Dios; temor y reverencia son las mismas cosas; quiere decir que lo que Él ha unido no lo quiere separado. El esfuerzo que cada quien haga para custodiar la bendición de Dios no queda desapercibido a sus ojos. Hemos sido vocacionados para santificarnos con el Santificador en un escenario específico de la vida. El matrimonio en Cristo es escuela de santidad.

Señor: en este domingo te presentamos nuestros fallos, nuestros desánimos ante las debilidades ajenas. No pocas veces, a partir de nuestras fortalezas, medimos las flaquezas de los demás. Tenemos poca paciencia y poca tolerancia. Alguien dijo: “Si supiéramos comprender no necesitaríamos perdonar”; danos tu mirada, Señor, y tu corazón. Muéstranos la paciencia que tienes con nuestro propio proceso para ver si así nos volvemos más pacientes y aprendemos a amar sin condiciones. Tú que amas porque amas, danos humildad y desapropiación. Somos tu pertenencia.

  1. ¿Qué tanto renuncio de mí mismo para garantizar la unidad familiar?
  2. ¿Cómo estoy custodiando la bendición de Dios sobre mi familia?
  3. ¿Qué tiempo dedico para cultivar la integración y la sana convivencia familiar?