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EL SACRIFICIO COMIENZA CUANDO LA ENTREGA TOCA LA VIDA

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LECTURAS DE HOY: 7/11/21
(1R 17,10-16; Sal 145; Hb 9,24-28; Mc 12,38-44).

En la carta a los Hebreos se nos habla del sacrificio de Cristo. A diferencia del sumo sacerdote, que ofrecía sangre ajena, Él destruye el pecado con el sacrificio de sí mismo, de una vez y para siempre. Se perfila la dimensión fecunda del sacrificio; tiene sentido cuando da vida, mediante de una entrega gratuita, marcada por la confianza y el amor a Dios y a los demás.

La primera lectura y el evangelio nos hablan de dos viudas; ellas son modelos de cómo dar la vida entregando aquello que se tiene para vivir.

La viuda de Sarepta se deja catequizar por el profeta Elías, quien le pide un trozo de pan y un poco de agua; lo que tenía reservado para sí y su hijo. La confianza comienza cuando ella abre mano de su único sustento para aliviar el hambre del peregrino quien le habla en nombre del Señor, a quien aún no conocía. La viuda mencionada en el evangelio, también abre las manos, luego de abrir su corazón y su voluntad, para depositar en el cofre sus dos monedas, las que tenía para vivir.

Los dos relatos nos muestran el resultado de la entrega generosa: ninguna pasó desapercibida ante los ojos de Dios; por un lado, no se acabó ni la harina ni el aceite, por otro, el mismo Jesús la reverenció en público, sin que ella lo pretendiese; caso contrario a los que buscaban reconocimiento. Las dos se manejan en espacio público. Una en la puerta de la ciudad, y otra en el templo; dos mujeres faroles para la conversión personal de quienes la contemplen.

Una es extranjera, la otra judía, ambas convergen en un mismo Señor, quien valora y rescata lo pequeño, lo humilde, dotándolo de importancia, porque reflejan las cosas del Reino. Las dos han tocado fondo en su entrega sin límites, llegando a comulgar con el sacrificio de Cristo, porque al darlo todo han dado su propia vida. Su “todo entregado” fue sin desperdicio, porque el Señor, en su misericordia infinita no se deja ganar en generosidad.

Señor: reconocemos que alguna vez en la vida hemos caído en la tentación de custodiar con celos nuestra “harina” y nuestro “aceite”; hemos empuñado nuestras “dos monedas” para asegurar el futuro que nos toca. Perdónanos, porque no queremos caminar buscando “leñas” sin sentido; no queremos pasearnos sin rumbo y con justificaciones falseadas. Enséñanos a disponer no sólo nuestros panes, también nuestras fuerzas, talentos, tiempo, para que otras personas alivien sus dolores, sus cargas, sus fatigas. Con el salmista te decimos hoy: “Alaba, alma mía al Señor, que mantiene su fidelidad perpetuamente”. Gracias porque siempre te empeñas en mostrarnos que la santidad comienza cuando hacemos de lo cotidiano cosas extraordinarias. Gracias, Señor, porque todo lo tuyo deja sabor a humilde sacrificio.

  1. ¿Qué le estoy regateando al Señor?
  2. ¿Con quién comparto mi “harina” y mi “aceite”?
  3. ¿Qué estoy haciendo con mis “dos monedas”?
  4. Mi entrega ¿ha llegado al sacrificio?