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LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LA GRACIA

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LECTURAS DE HOY: 18/11/21
(Hb 28,11-16.30-31; Sal 97; Mt 14,22-23).

SAN PEDRO Y SAN PABLO: VIVAMOS DESDE

Hoy, día de la dedicación de las basílicas de los apóstoles san Pedro y san Pablo meditemos desde estas dos autoridades de la fe cristiana. Los escritos del Nuevo Testamento nos los muestran como dos personas escogidas y modeladas por el Señor para consolidar los cimientos de la Iglesia. Con ellos aprendemos que no importan nuestras débiles o contradictorias realidades, siempre que nos dejemos sorprender por la novedad de Dios en nuestras vidas y por su Reino.

Pedro fue un humilde pescador. Un hombre de trabajo manual. Rústico, de poca letra. Espontaneo, atrevido, improvisador. Apenas relacionado con su pequeño mundo, su pueblo, sus hermanos, su familia. ¡Cuántos boches llevó Pedro por parte de Jesús! El Señor quería conducirlo hacia una dirección y él le salía por otra. Cuando había que bajarse al llano, él proponía quedarse en las alturas. Era un hombre que buscaba resolver sin mucho discernimiento, operativo y emprendedor; en fin, exigió del Maestro mucha paciencia y perseverancia. Con todo, había algo en él, y sólo el Señor lo sabría a exactitud, que le mereció la confianza. Las lágrimas de Pedro, arrepentido de la negación, bañaron las páginas del evangelio. De tres veces negarle, a tres veces decirle “te quiero”, reflejan la pureza de quien termina diciendo: “a dónde iremos, si sólo tú tienes palabras de vida eterna”. Ese Pedro, lanzado y arriesgado, que se hunde a distraerse con la fuerza del viento, es quien será restaurado por la fuerza del Espíritu Santo, y nunca más conducirá la barca sin Jesús, por haberlo reconocido Mesías, el Hijo de Dios vivo; en la roca de esta verdad el Señor edifica su la Iglesia. De Simón, pasa a llamarse “Pedro”.

Pablo, de origen judío, pero de extraordinaria formación. Hablaba varios idiomas, ciudadano romano, con una visión amplia de las grandes metrópolis de la época. Pero, tenía un detalle, perseguía a los cristianos a muerte. Con la energía y la fuerza de un hombre competente, toda su inteligencia estaba enfocada a destruir la Iglesia primitiva, porque era celoso y fervoroso de la Ley de sus antiguos. Un día cayó al suelo. Él que siempre conducía a los demás, pasó a ser guiado como un niño; casi muerto, pasó tres días sin ver, ni comer ni beber, luego de haberse encontrado persona a persona con Jesús. Ciertamente, el Señor lo necesitaba.

De perseguidor pasa a ser predicador. ¿Qué hubiese sido del cristianismo sin San Pablo? Fue instrumento escogido, porque podía, y así lo hizo, hacer todo el traspaso de los textos del Antiguo Testamento a la realidad que trajo el Nuevo Testamento. Con razón le llaman: el primer teólogo del cristianismo. Pablo nos catequizó para pasar el mundo de la Ley al mundo de la gracia. Y con su extraordinario fervor y pasión por Cristo incendió los corazones más allá de las fronteras judías. Tenemos entonces dos figuras complementarias, y se retoma lo dicho por san Agustín: “Dios no llama a los capacitados, pero capacita a los que llama”. Con razón afirmó: “no soy yo quien vive, sino es Cristo quien vive en mi”. Por esto, de Saulo, pasa a llamarse Pablo: misionero de las naciones.

Señor: estamos aquí para darte las gracias por estas dos columnas en nuestra vida de fe (Pedro y Pablo). Gracias porque no has querido ocultar sus debilidades, sino que nos las muestras para que confiemos en el poder transformador de tu gracia. Te presentamos nuestras vidas para que seas tú quien las conduzcas. Queremos viajar contigo para que nunca se hunda nuestra barca.

  1. ¿Me dejo transformar por la gracia, a ejemplo de Pedro y Pablo?
  2. ¿Qué estoy siendo y haciendo por la Iglesia, en la Iglesia?
  3. ¿Cómo nos vamos integrando desde nuestras diferencias por la unidad y la comunión eclesial?