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LA PALABRA SE HIZO CARNE: LA CARNE SE HIZO SABIDURÍA.

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LECTURAS DE HOY: 02/01/22
(Ecl 24,1-2.8-12; Sal 147; Ef 1,3-6.15-18; Jn 1,1-18).

Meditaremos desde el conjunto de las lecturas de este II domingo después de Navidad. Llama la atención las frases referentes a la preexistencia de la Palabra (prólogo de Juan), o sea, a su existencia desde el principio: “En la Palabra había vida”, “y la vida era la luz de los hombres”. Son evidencias que muestran el interés de Dios en dotar a la humanidad en su carencia. La Palabra tenía la vida que los hombres y las mujeres necesitaban. Dios no retuvo la vida. Y esta vida se distingue con Luz. Luz y vida son sinónimos; atributos con los que el mismo Jesús se reconoce: “Yo soy la vida”, “yo soy la luz”.

¿Cómo distinguir en medio de la muerte la vida? ¿Cómo identificar en medio de tinieblas la luz? Observemos que en la primera lectura del Eclesiástico se hace alusión a la “sabiduría”, la primera de todas las criaturas. Como si tuviese voz, ella misma asegura: “antes de los siglos me creó”. El afán de la sabiduría es instruir, busca iluminar, despertar la conciencia, conducir, hacer reflexionar, madurar el discernimiento. Enseña cómo peregrinar en el día a día para caminar hacia la vida, en dirección a la luz.

La sabiduría es uno de los dones más elevados que testifican que Dios no nos deja solos ni perdidos en nuestra ignorancia. No nos abandona a nuestra suerte. Pero tampoco nos obliga a que la acojamos. Invita a amarla, a desearla, a buscarla. La sabiduría, en la Palabra, también se encarna, porque en Ella se expresa a perfección, en nuestro lenguaje, en nuestra manera, a nuestro alcance. Ella está en nuestro mundo como compañera silenciosa del Verbo encarnado. Quienes sigan sus huellas hasta Él experimentarán un nuevo nacimiento: “no de sangre, ni de amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios”.

El camino hacia la vida, que es el camino hacia la luz tienen un solo fin, y san Pablo lo define muy bien, según el deseo de Dios: “que seamos santos e irreprochables”. Este sueño de Dios nace por pura iniciativa suya. Nadie lo aconsejó ni lo sugirió. De tal manera que Dios se responsabiliza con su proyecto de santidad: en esta perspectiva dice el salmista que cuando Él manda su mensaje a la tierra, su Palabra corre veloz; sale de sí para conducirnos hacia Él.

Señor: gracias por la sabiduría que nos regalas como don sagrado. Mediante ella queremos reconocerte encarnado en nuestra historia. Deseamos saborear todo lo tuyo, para que nada ni nadie nos distraiga en ese peregrinar hacia ti, fuente de vida, fuente de luz. Diluye con tu gracia nuestras tinieblas, aleja de nosotros la sombra de muerte que nos asechan y amenazan. Gracias, Señor, por esta iniciativa tuya, tan perfecta y benigna, de querernos santos, de soñarnos hijos e hijas.

  1. ¿En mí ha echado raíces la sabiduría?
  2. ¿Busco la sabiduría, la pido, la comparto?
  3. ¿Qué respuesta doy al Señor que me quiere santo, que me sueña hijo?
  4. ¿Siembro vida y luz mediante la Palabra que habita en medio de nosotros, y en nosotros?