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EL AMOR A JESÚS: TRES AMORES EN UNO. ¡SEA NUESTRO CORAZÓN MORADA TRINITARIA!

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EVANGELIO DE HOY: 16/5/22 (Jn 14,21-26).

En el pasaje de hoy, sobre las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, se observan dos dimensiones importantes: las características de quien ama al Señor, y las distinciones del Señor para quien le ama. Escudriñemos el sentido cuando Él dice:

“EL QUE ME AMA”

… “El que me ama acepta mis mandamientos”; es el punto de partida. Sin amor no hay acogida a las cosas de Jesús. El amor a Él se refleja en la actitud interior, del corazón, de abrirse a la gracia ofrecida, sin resistencia. Amarle es acoger su resumen perfecto de los 10 mandamientos (generalmente sujetos a prohibiciones), ahora orientados a la lógica del amor (sin límites ni horarios, porque comprende toda la vida). “El que me ama”, es una frase que apunta a la libertad interior y también a la gratitud del alma; porque “amarle sólo puede ser un reflejo del mismo amor que Él ha sembrado”. Si le amamos es porque somos amados primero.

El amor a Jesús no sólo implica amar su voluntad, sino también “guardarla”, en el sentido de “conservarla”, “custodiarla”, “hacerla vida”. Queda claro que el amor no es pasivo ni estático. Genera movimiento, dinamismo, entrega, esfuerzo y sacrificio. El amor a Jesús no sólo mueve el corazón, sino toda la persona, sus manos, sus pies, sus ojos, su boca, sus talentos… todas sus posesiones, todo lo que es y tiene al servicio de quien ama. Supone, en suma, seguirle, porque el seguimiento es el resultado de quien está enamorado. Seguirle es unirse a su persona hasta hacerse una sola con Él. Y esto es serio.

PARA QUIEN LE AMA

“Para quien le ama”, es una frase que evoca la actitud de quien se ha despojado de todo para dejar que “Dios nazca dentro”. Podemos decir que al Señor “se le endulzan las entrañas” cuando se siente amado, correspondido… y no queda indiferente. Él se vuelca porque no se deja ganar en gratuidad ni en gratitud. Amar a Jesús es amar al Padre, son dos amores en uno. “Amas a uno” y “te aman tres”; salimos ganando, definitivamente. Pero, este amor de las tres divinas personas a nosotros también se concretiza, no queda aéreo. Contemplemos:

“En el que me ama: mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en Él”. ¡Maravilloso! Este amor en el corazón humano se convierte en nido para el Padre y para el Hijo, donde se asienta, a su vez, el Espíritu Santo. A esta tercera Persona le corresponde entonces “enseñar”… enseñar los misterios, la sabiduría, la interioridad, los secretos que sólo Él puede, como pedagogo, transmitir. El Espíritu santifica. Entonces, este amor trae como resultado la santidad. El Espíritu, internamente, también se encarga de “conservar la memoria”, “recordar”, es el que da entendimiento, ciencia, temor de Dios, piedad…

Todos estamos en el mundo, el cual está lleno de la santidad de Dios. Pero no a todos se nos muestra la santidad, su gloria aconteciendo. Los ojos de la fe sólo se limpian con el colirio del amor. Para ver a Dios y contemplarlo se hace necesario dejarlo nacer dentro, y comenzar a amar.

“Señor, enséñanos a amarte y a cumplir tu voluntad en nuestras vidas”. Nuestra Señora de la Altagracia, ruega por nosotros.

  1. ¿Quién está habitando en mi corazón?
  2. ¿Cómo dejar que el Señor nazca dentro?
  3. ¿Cómo experimento al Espíritu trabajando en mi interior?