Dom. Jul 3rd, 2022

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Desconocidos cercanos

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Ver a un niño dejar los pantalones cortos, alcanzar los largos y echar bigotes, o a una niña, que jugaba con muñecas, cargando ya a su propio hijo de carne y hueso, puede hacernos a la idea de que conocemos a esas personas en que se han convertido los pequeños que vimos crecer. No es así.

Respuesta equivocada

Ser testigos, año tras año, de cómo aumentan de tamaño, a distancia, los hijos de otras personas, nos dan la impresión equivocada de que tienen las cualidades de sus padres, o las que sus padres afirman que ellos tienen, o la que nosotros asumimos que deben poseer por la crianza que han recibido, o las que ellos aparentan. Todas las respuestas pueden ser negativas.

Sorpresas

El contacto cotidiano, muchas veces fortuito, con alguien cuyo carácter va en formación, nos aporta muy poco sobre la persona en que ese individuo se está convirtiendo. De ahí que pueden ocurrir decepciones, o agradables sorpresas, cuando nos damos cuenta que tenemos enfrente a extraños.

Transformación

Si ni a nuestros propios hijos somos capaces de adivinar en qué se convertirán, imagine lo alejado que puede resultar el hijo de otro a ese ideal que nosotros asumimos, por puro deseo afectivo, que alcance, durante su paulatina e imparable transformación hacia la adultez. En otros casos, hay quienes superan nuestras expectativas, porque la vida ofrece lecciones gratis a cada paso. En fin, cuánto cambian los muchachos, para bien o para mal, es algo que no deja de asombrarme.

De simpática a distante

Hice esta reflexión tras encontrarme con una niña a quien veía en el ascensor del edificio donde vive con su familia. Era parlanchina, simpática, encantadora. Ahora, se ha convertido en una adolescente preciosa que responde entre dientes al saludo o lo evita. Apenas sonríe y descubrí que hasta un pariente tiene que cargarle la mochila, lo que nunca pasaba cuando era niña, ella reclamaba el derecho de llevarla sola.

El cambio

Espero que, al seguir creciendo, vuelva a esa esencia, amable y alegre, que conocí. O que cambie para mejor, como algunos jóvenes que nos emociona ver convertidos en verdaderas estrellas de seres humanos.

Lo malo es cuando detrás de la cara de un niño o una niña que amamos, por vínculos con sus padres, porque somos vecinos o porque estudiaron en el mismo colegio que nuestros hijos, se va escondiendo alguien lleno de oscuridad, hasta maldad, y nosotros seguimos mirando a la niña o el niño inocente, que fue. La decepción, al descubrir el cambio, les ha dolido a algunos como si de su propia carne se tratara. 

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