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¿A QUIÉN ESTOY OBEDECIENDO?

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LECTURAS DE HOY: 20/4/23 (Hch 5,27-33; Sal 33; Jn 3,31-36).

En la confrontación vivida por la comunidad cristiana primitiva, perseguida por las autoridades judías, surge la enseñanza apostólica: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres”. Quien así obedece no queda libre de problemas, porque los intereses de Dios son unos, y los de “este mundo” son otros. Sin embargo, al obediente no se le desampara a su suerte, sino que recibe el Espíritu Santo.
 
Quien obedece al Señor no se equivoca. Ya lo afirma el evangelio: “El que viene de lo alto está por encima de todos”. Se nos indica que fijemos la mirada en Aquel que es importante y primordial, que nunca pasa porque es eterno. Exige de nosotros centralidad y honestidad espiritual. No es pequeña la tentación de querer agradar a quienes, de alguna manera, buscan influenciar sobre nosotros.
 
¿Cómo vivir en obediencia? El corazón del pasaje dice del Señor: “De lo que ha visto y ha oído da testimonio”. Así como el Hijo ha sido una cosa con el Padre, así nosotros estamos llamados a la unidad con Jesús; estar con Él, en Él, verle en todas las cosas, escucharle, tener experiencia y creerle; sin estos elementos no puede haber fuerza interior para obedecer. Cuando se comparte el corazón con Jesús la obediencia no es penitencia sino consuelo.
 
Uno no puede decir que es obediente cuando el interior está seco del Señor, porque la obediencia nace del respeto y del santo temor de Dios, que busca agradarle en todo, y no desea fallarle. La desobediencia, contrariamente, muestra lejanía e indiferencia. La verdadera obediencia pasa por el cedazo de la confrontación, para tomar conciencia de que es a Dios a quien se obedece y no a uno mismo.
 
¿Qué quiere Dios de nosotros? Que seamos en el Hijo, sus hijos e hijas, y nos comportemos como tal, en sentido de pertenencia. Si de Jesús se afirma: “El que Dios envió habla las palabras de Dios”, así se espera de nosotros que nos sintamos enviados en Jesús. Cuando hemos hablado con Dios, sólo se puede hablar de Dios, y llevar su mensaje siempre.
 
Como dice el salmo, “Aunque el justo sufra muchos males, de todos los libra el Señor”. No tengamos miedo a ser obedientes, a seguir la voz interior escuchada en el silencio y en la soledad del alma. Que esta voz sea siempre discernida y confrontada para que surja pura y limpia, y opere con la fuerza del Espíritu Santo.
 

  1. ¿Qué situación o persona me ejerce influencia y me tienta para no obedecer la voluntad de Dios?
     
    2. ¿Qué sentido doy a la obediencia? ¿Cómo es mi obediencia y mi docilidad para con las personas que, por alguna circunstancia, me dirigen? ¿Cómo les colaboro para llegar a la verdad?