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SIGNOS PAULINOS DE CONVERSIÓN.

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LECTURAS DE HOY: 28/4/23 (Hch 9,1-20; Sal 116; Jn 6,52-59).

La primera lectura nos habla de la conversión de Pablo. Un relato conocido, pero siempre novedoso. Que éste nos ilumine para identificar una conversión sincera.
 
La conversión supone un cambio de mentalidad, de horizonte comprensivo, una mudanza en los propios valores. Quien la ha vivido es capaz de mirar su presente y su pasado, y descifrar el contraste entre ambas etapas. Saulo, quizás pensó cómo pudo ser tan fervoroso y celoso del Cristo que él mismo persiguió. Quien se ha convertido nota que, la “certeza” que tuvo en la “mañana”, en la “noche” se le volvió falsedad.  
No puede haber genuina conversión sin el encuentro con Cristo. Es su luz que hace caer al suelo. Desmonta de las pretensiones personales. El Señor hace aterrizar, a veces de manera forzada. El Saulo enérgico e independiente, se vio perdido y a oscuras, necesitado de que lo levanten. Quien se ha convertido tiene experiencia de haber encontrado su propia verdad, sin máscaras, no por las alturas, sino en su propia “tierra”.
 
La conversión es un proceso. Saulo duró tres días ciego, sin comer ni beber, como un muerto. Aunque el cuerpo cambió la ruta, el corazón necesitó digerir lo acontecido, procesarlo. Se hizo necesario una pausa y, sobre todo, un guía. Nadie se dirige solo y llega a puerto seguro. La humildad está en la base de todo cambio de vida para bien.
 
Impresiona la frase de Jesús cuando dice a Ananías: “Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre…”. Y es que el Señor se fija en nosotros. Desea contar con los mismos dones que Él, en su infinita misericordia, nos ha regalado; no quiere que se desperdicien.
 
En todo proceso de conversión caen “las escamas de los ojos”. Esto es, el fin de la ceguera. El renacer a la luz. La recuperación de la vista; una vez recuperada, la persona no se marcha sola, por libre. Observe que Pablo, lo primero que hizo fue quedarse unos días con los discípulos, para aprender de ellos, dejarse guiar y seguir alimentándose espiritualmente.
 
Señor: que al comulgar tu cuerpo y tu sangre vivamos en lo profundo de nuestro corazón una conversión permanente. Sin ti no tenemos vida, no tenemos luz en el alma. No queremos comer chucherías que no alimentan, sino la vitamina de eternidad que sólo tú nos ofreces.
 
1. ¿Ha habido una conversión profunda y sincera en mi vida? 
2. ¿Cómo vivo, en lo cotidiano, la conversión permanente? 
3. ¿Cuáles signos, de Pablo, he podido identificar en mi persona? 
4. ¿Creo que estoy muy bien así como voy o necesito cambiar? ¿Para cuándo lo estoy dejando?