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SIRVAN AL SEÑOR CON ALEGRÍA

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LECTURAS DE HOY: 13/5/23 (Hch 16,1-10; Sal 99; Jn 15,18-21).

Quiero recuperar esa hermosa exhortación que expresa el salmista: “Sirvan al Señor con alegría”.  Observemos como “el servicio” y “la alegría” se integran y complementan. La conciencia de saber a quién se sirve ya es motivo de alegría. Hay una estrecha relación entre quien sirve y la persona a la que se sirve. Y todavía más, en esa especial condición en la cual Jesús está entre los discípulos: no como el servido, sino como el servidor. Servir al Señor es, en definitiva, servir con el Señor, en Él.
 
Jesús advierte a sus discípulos que el mundo les odiará; o sea, les rechazará por todo aquello que apunte a lo auténtico, a lo genuino. Cuando Juan habla de “mundo” se refiere a una vida sin Dios; a numerosas propuestas de felicidad que no lo tienen como fundamento. El mundo es una cadena de proyectos caducos con dobles intenciones; es visión corta, sin referencia a lo trascendental que nunca pasa. El mundo coloca barreras que limitan el acceso a la verdad.
 
El Señor no desea que “el mundo” nos ame como cosa suya. No queramos ser “cosa del mundo”, corriente que se va, agua que se arrastra sin propósito… Cuando nos mantenemos fieles al amor primero, entonces sí que somos, no “cosa del mundo”, sino “persona de Dios”. No somos cosa que se usa, se descarta, se manipula. El amor del Señor nos da personalidad, autenticidad.
 
El Señor nos saca del mundo, nos recupera, sin que dejemos de estar en el mundo. Mantener la alegría en esta circunstancia exige centralidad. Por eso, la importancia de estar anclados a la oración, la Palabra, los sacramentos, el servicio fiel y la comunidad cristiana. Hace unos días venimos leyendo en los Hechos de los Apóstoles cómo a Pablo no le detuvieron los obstáculos ni las persecuciones para evangelizar con alegría, sostenido por la fuerza del Espíritu Santo.
 
El servicio al Señor que no integre pasión y alegría no es auténtico servicio. Uno puede hacer cosas sin que ésta adquiera la gracia evangelizadora. Porque lo que importa no es el hacer, sino la sustancia que queda impregnada en ese servicio que se da, que cala, que transforma, que encamina hacia Dios.
 
La alegría es testimonio evangelizador, y no se improvisa. Vivir la alegría en medio del mundo despierta la conciencia de otras personas que buscan la felicidad. El Señor insiste a los discípulos: habrá quienes les persiguen, pero también habrá quienes guarden la Palabra. Porque el Señor, en su infinita misericordia, nos hace leer nuestras vidas a partir de su propia vida.
 
Oramos con el salmista: “Aclama al Señor, Tierra entera, sirvan al Señor con alegría…”. La alegría del servidor despierta la alegría de Dios. Alegrémonos, porque no somos del mundo, somos del Señor. Él nos hizo; no somos mundo, somos pueblo de su rebaño. Un pueblo escogido, bañado de eterna misericordia.

Nuestra Señora de Fátima: ¡enséñanos a servir con alegría!

1. ¿Qué precio paga el evangelio cuando se “suaviza” para que el mundo lo acoja? 
2. ¿Por qué no son compatibles el “servir al Señor” y “ser cosa del mundo”?   
3. ¿Cómo desenmascarar las tentaciones que llevan a nadar entre las aguas del mundo y las aguas de Dios?   
4. ¿He sentido la necesidad de evangelizar mi propia alegría? ¿Cuál es el motivo de mi alegría?