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EN ESPERA DEL ESPÍRITU SANTO

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LECTURAS DE HOY: 22/5/23 (Hch 19,1-8/Sal 67/Jn 16,29-33).

Al despertar, el primer recuerdo que vino a mi mente fue la Virgen María en medio a estos dos trascendentes acontecimientos: la Ascensión del Señor y Pentecostés. Con certeza Ella, como Esposa del Espíritu, pudo acompañar a la comunidad apostólica y recordarles las enseñanzas de Jesús, al tiempo de compartir su propia experiencia espiritual. En silencio santo, la primera comunidad cristiana se iba preparando para recibir a tan distinguido huésped del alma.
 
En la primera lectura, le dijeron a Pablo ciertos discípulos de Éfeso que ni siquiera habían oído hablar del Espíritu. Posiblemente hoy, muchos hemos escuchado hablar de Él, pero no sabemos si todos hemos tenido experiencia del Espíritu. Es por eso que necesitamos conocerlo, acercarnos, comprenderlo, no entristecerlo cuando venga. Es preciso recibirlo con dignidad, con alegría. Es una Persona, y es importante tenerlo en cuenta.  
 
Tan pronto esos discípulos aceptaron el bautismo del Espíritu, Pablo les impuso las manos y empezaron a hablar en lenguas y a profetizar. En otras palabras, se iniciaron en los carismas, en las gracias necesarias para la misión de expandir el evangelio. Sin el Espíritu uno tiene habilidades humanas. Con el Espíritu tenemos carismas; sólo con la gracia carismática, la Palabra toca los corazones y los transforma.
 
El Salmo hace referencia a la alegría rebosante de los justos. Aquellos que se alegran en la presencia de Dios. El Espíritu es quien sensibiliza para que seamos capaces de percibir y experimentar la presencia divina. Él nos introduce en esta atmósfera trascendente y nos hace partícipe de ella. Él es el Maestro Interior que va guiando y conduciendo. Siembra alegría. Despeja la tristeza.
 
En el evangelio, nos recuerda Jesús, con su propia vida, que nunca ha tenido temor a que lo dejen “solo”; quien tiene a Dios, al Espíritu nunca está solo. En medio del aprieto y la dificultad siente paz en el corazón.
 
Señor: gracias por regalarnos una buena Madre, que nos acompaña y nos respalda para caminar en espera paciente y responsable de tu Espíritu.
 

  1. ¿Cómo experimento la presencia del Espíritu en mi vida?  
  2. ¿Hablo con otras personas sobre la Persona del Espíritu?
  3. ¿Las gracias que he recibido, por el Espíritu, las empleo para brillar o para iluminar?