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TODO POR JESÚS:TODO POR EL EVANGELIO.

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LECTURAS DE HOY: 30/5/23 (Ecl 35,1-15; Sal 49; Mc 10,28-31).

Al retornar al tiempo litúrgico ordinario, se nos abre el abanico del aprendizaje cotidiano, de las enseñanzas antiguas y nuevas. Hemos tenido paradas festivas, pero ahora volvemos al día a día, donde se forjan las raíces de nuestra fe. Este tiempo es como la disciplina escolar, donde el hombre y la mujer de Dios se van formando y consolidando, en el espejo de Jesús. Llama la atención, que una de las primeras meditaciones que nos trae gira en torno a las virtudes de la ofrenda y la generosidad.
 
La comunidad sapiencial de Israel instruye en el perfil de las ofrendas que agradan a Dios. Para que éstas enriquezcan el altar, para que tengan valor a los ojos del Señor, han de llevar el perfume de la justicia. Depositar ofrendas no respaldadas por el testimonio de la honestidad y la convivencia con los demás, es llegar con las manos vacías. Un Dios justo no quiere sacrificios injustos.
 
Los sacrificios de justicia, en la cultura bíblica, son aquellos ofrecidos a Dios, pero que benefician al prójimo. Ese “corderito” que se le ofrece, esa canasta de frutas que llevamos a Misa… se convierte en alimento para el pobre que tiene necesidad. No alcanzamos a Dios para que “coma”, a no ser en el prójimo, que es su imagen y semejanza.  
 
“Ofrece a Dios un sacrificio de alabanza”, dice el salmista. Esto es: “sé agradecido”, devuélvete para decir gracias. Alabar es una acción sagrada íntimamente unida al reconocimiento. Es generosidad del alma. El Señor desea mucho más, que se implique, en la ofrenda, el corazón, los tuétanos. En fin, que nos demos todo y por entero. ¿Qué hago con ofrecer algo externo que mantenga inmóvil el corazón?
 
Es duro lo que dice Pedro, medio desesperado, cuando se ve “sin nada”, luego de haberlo dejado todo por Jesús. Este discípulo nos retrata la inquietud interior cuando, por fe, vamos abriendo el corazón y las manos; y uno como que se siente en el océano profundo, sin tabla donde sostenerse; entonces ahí, cuando acecha la dimensión humana, vienen las palabras esperanzadoras de Jesús…
 
El Señor asegura que quien “deje todo”, ya sea posesiones o familias, por Él y por el evangelio recibirá cien veces más, aún en medio de las persecuciones. No se entiende que sea el “abandono” de la familia literalmente… sino que, en la familia, lo más importante sea Jesús; y que la casa no sea objeto de parálisis para salir a la misión. El Señor no nos quiere para cuidar carros ni casa, sino para ser itinerantes en el anuncio del Evangelio.
 
Señor; todo por ti. Por ti dejo mis malas actitudes, mis historias tristes y estériles. Por ti dejo mis apegos, las ataduras que me paralizan. Porque eres grande y no entras en mi humilde casa interior cuando ésta está apretujada de dispersiones. Señor, todo por tu evangelio: porque tenerte a ti, es anunciarte con la vida y la palabra. No puede ser diferente.
 
1. ¿Qué me está costando dejar por Jesús? ¿Cuáles son mis apegos? 
2. ¿Con qué corazón me presento delante de Dios? ¿Qué ve Dios en mí cuando me mira?
3. ¿Hasta dónde llega mi generosidad? 
4. ¿De qué se llenan mis manos cuando las vacío para compartir?