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¿QUÉ ME RECLAMA EL DUEÑO DE LA VIÑA?

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EVANGELIO DE HOY: 5/6/23 (Mc 12,1-12).

Jesús nos habla en parábola sobre la viña que el Padre plantó. Esa viña es el Pueblo de Israel, nuestro Pueblo, y nosotros mismos. El relato presenta cinco momentos principales: 1. La acción del Padre de plantarla y entregarla a los labradores. 2. El envío de criados a procura de frutos y el atropello y asesinato de éstos. 3. La muerte del Heredero a manos de los viñadores. 4. Intervención del dueño de la viña ante lo ocurrido. 5. Reacción de las autoridades religiosas que escuchaban el mensaje. A partir de estos pasos, meditemos:
 
La viña ha sido plantada por el Padre. Él es el propietario. Esta conciencia despierta en nosotros un profundo sentido de desapropiación. No nos pertenece la obra evangelizadora que hemos asumido, tampoco las gracias que el Espíritu nos regala para llevarla a cabo… No es nuestra, incluso, la propia vida…
 
El Padre ha soñado su viña. Ha soñado nuestra vida. Aparentemente está “ausente”, pero no desentendido. Envía frecuentemente a sus amigos, los hombres y las mujeres de Dios que nos recuerdan lo que Él espera de nosotros. El pasaje aclara que los envía a “su tiempo”. Uno pudiera tomar confianza y relajarse como que no nos tienen pendientes. Es duro si, ante un reclamo repentino, nos sorprenden con las manos vacías por negligencia.
 
Las exigencias del Padre nos llegan siempre. Nos reclama mediante su Palabra diaria, en las predicaciones, en los sabios consejos, en la vida sacramental…; la oración cotidiana es espacio predilecto para experimentar ese toque amoroso de Dios para que seamos más serviciales, más humildes, más santos… Quienes estamos en la viña tenemos la tentación de desenfocarnos sobre el objetivo de permanecer en ésta. ¿Nos dejamos interpelar por los recados de Dios en sus diversas mediaciones?
 
De igual manera, Jesús, llega directamente a nuestra viña, a nuestra viña interior. Tiene acceso directo, porque el Padre lo ha querido así. ¿Qué tenemos para darle? ¿Le estamos haciendo caso al Hijo? ¿Le dejamos reclamando solo? ¿Qué me exige cuando comulgo? ¿Qué me demanda Jesús internamente? ¿Cómo trato a Jesús en mi vida? ¿Cómo me estoy relacionando con Él? ¿Lo estoy respetando? ¿Qué hará el Señor conmigo?  
 
El orante en el Salmo dice: “Dichoso quien teme al Señor”. O sea, dichosa y bienaventurada es la persona que lo respeta. Que contempla su presencia en el día a día; vive y trabaja con esta convicción de que Él está ahí en medio de nosotros, su Pueblo, conduciendo la historia de salvación. Feliz la persona que busca complacerle, que ama de corazón hacer su voluntad. Que no se afana por quedar bien, sino por obedecer y administrar fielmente. ¿Estoy siendo dichoso?