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RASGOS DEL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS

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LECTURAS DE HOY: 16/6/23 (Dt 7,6-11; Sal 102; 1Jn 4,7-16; Mt 11,25-30).

Las lecturas de este día reflejan el sagrado corazón de Jesús. No podríamos referirnos a Él sin tener en cuenta el corazón del Padre; del que se nos habla en el Deuteronomio. Es hermosa la expresión que dice: “El Señor se enamoró de ustedes”. El Dios de Israel es un Dios que sabe de amor. Se fijó y eligió a su pueblo, no por ser el más numeroso, pues era pequeñito; ni por tener grandes riquezas, porque era un pobre errante y peregrino… sino por puro amor.
 
El corazón del Padre se deja sentir en su inmensa misericordia. Una misericordia que ha sido experimentada incalculablemente y de forma concreta, como nos recuerda el salmista: perdonando, curando, rescatando, colmando de gracia y de ternura, compadeciéndose; siendo lento a la ira y rico en piedad. Con todo, no se trata de un corazón sin autoridad para exigir lo bueno, la santidad y la justicia, porque su bondad alcanza a los que cumplen su voluntad.
 
La carta de Juan nos lo afirma, Dios es amor. Un amor demostrado. El acto más grande de amor que ha tenido ha sido ofrecernos a su propio Hijo. El Hijo ha venido hasta nosotros, nos ha alcanzado y ha encarnado entre nosotros el corazón del Padre. Por el Hijo lo hemos conocido y experimentado.
 
El corazón de Jesús tiene voz: “Vengan a mí todos los que estén cansados y agobiados, y yo les aliviaré”. Es un corazón con las puertas abiertas y con espacio suficiente. Él es el refugio seguro. El hospital del amor. El alivio de Jesús nos permite cargar con su yugo. Porque quien consuela a los demás nunca se cansa. Quien vive para abrigar a los otros nunca se agobia. Porque realmente el Señor le ha prestado su corazón. Al amar con el corazón de Jesús, la fortaleza está garantizada.
 
En una sociedad que nos insiste en imitaciones superfluas… recibimos hoy la Palabra del Señor que nos dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. La mansedumbre y la humildad son las dos virtudes con las cuales nos ejercitamos para que nuestro pobre corazón se vaya pareciendo al de Jesús. Con la mansedumbre nos vamos formando y con la humildad nos vamos santificando, y ambas son inseparables.
 
Señor: Quiero experimentar el santo descanso que ofrece tu sagrado corazón. Deseo esconderme en Él. Necesito cambiar los falsos yugos, esos que no aportan nada del Reino. Decido asumir tu yugo, el que es llevadero y de carga ligera, porque cuando voy contigo nada pesa.  
 
1. ¿Cómo estoy ejercitando la mansedumbre y la humildad?  
2. ¿Dónde encuentro descanso? 
3. ¿Por qué amar y servir no cansa, sino que alivia? 
4. ¿Le he pedido a Jesús que me dé su corazón? 
5. ¿Qué está sobrando en mi corazón para que sea este más parecido al de Jesús?
6. ¿Aprendo del corazón de María a unirme al corazón de Jesús?