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LA GENEROSIDAD QUE SANTIFICA

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LECTURAS DE HOY: 20/6/23 (2Cor 8,1-9; Sal 145; Mt 5,43-48).

Impresiona la felicidad de Pablo al hablar de la gracia que Dios ha dado a los cristianos de Macedonia. Por el hecho de que, en su pobreza extrema, se desbordaron solidariamente en la colecta a favor de otros hermanos. Lo más significativo de esto es que, además de lo material, se dieron ellos mismos, tanto al Señor como a aquellos que le sirven.
 
Las líneas del texto reflejan la actitud de quien está profundamente agradecido con Dios y con los demás. Esto es un misterio insondable de amor. Humanamente, no se entiende que estos macedonios, pasando por necesidades, pruebas y desgracias, pudieran darse de manera integral y, aún más, experimentar el crecimiento de su alegría. Cuando uno se da sin reservas, el Espíritu también se da sin reservas.
 
El Salmo nos hace meditar dónde se fundamenta la generosidad cristiana. Dios se nos da totalmente. Él es quien da la vida, el pan y la salvación. Por eso, al orante no le queda otra cosa que alabarlo en gratitud. Cuando la persona toma conciencia de quien lo habita, quién lo sostiene, quién lo provee, hace opción de alabar al Señor mientras exista.
 
Jesús nos sumerge aún más en la generosidad del Padre; quien no selecciona los destinatarios de su amor. Sin amor no hay generosidad santificante. Porque aquí no se trata solo de dar, sino de los motivos que se tienen para dar. Dios, como fuente de amor, nos educa: “Dime cuánto amas y te diré cuánto te das”. Dios “hace salir su sol” sobre los malos y los buenos. El sol no es nuestro. Es de Él. El sol se expande, alcanza, toca, beneficia sin distinción…
 
Lo que es cotidiano para Dios, para nosotros se convierte en acción extraordinaria y santificante. Cuando nuestro “sol”, nuestro saludo sincero, nuestra generosidad, nuestra oración, alcanza también a los propios contrarios, entonces estamos entrando en la manera de Dios. Aunque nos toque esfuerzo imitarlo, nos ayudaría pensar que, en este ejercicio, le hacemos feliz a Él. Y de repente, lo que hacemos por esfuerzo, nos lo eleva el Señor al estado de gracia.
 
Gloria al Padre y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.
 
1. ¿Cómo diferencio y complemento: dar de “lo que tengo” y dar de “lo que soy”? 
2. ¿Cómo diferenciar entre: “dar de lo que tengo” y “dar lo que tengo”; “dar de lo que soy” y “dar lo que soy”?
3. ¿Cuál es la intención profunda de mis gestos generosos? 
4. ¿A quiénes alcanza mi generosidad, y por qué? 
5. ¿Selecciono los destinatarios de mi generosidad o ya entré en la dinámica del Señor? 
6. ¿Por qué la generosidad santificante no la anuncia el propio donante? 
7.  ¿Cuál es el misterio que une “la entrega” y “la alegría”?