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LOS CELOS DE DIOS

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LECTURAS DE HOY: 22/6/23 (2Cor 11,1-11; Sal 110; Mc 6,7-15).

No pocas personas se preguntan sobre los celos de Dios. De hecho, Él mismo así se reconoce: “Soy un Dios celoso” (Ex 20,5). Extrañadas, se cuestionan, porque en su imaginario creen que se trata de los “celos” como expresión de debilidades humanas.
 
Hoy, Pablo nos introduce en el tema, hablando de sus propios celos, los mismos de Dios. ¿En qué consisten? Del griego “zelos”, hace referencia al “calor”, al “fuego”; en su raíz hebrea remite al “rojo del rostro de la persona enamorada”. En su sentido teológico, es expresión del apasionado amor de Dios por su pueblo.
 
Cuando Pablo expresa a los corintios: “Quise desposarles con un solo marido (Cristo)”, nos acerca al sentido de los celos de Dios, que son los mismos celos de Cristo. Este lenguaje paulino: “desposorio”, “marido”, nos remite al compromiso, al sentido de pertenencia, a la alianza de amor. Los celos del Señor son aquellos que evocan a su exigencia de “adoración exclusiva”.
 
No hay nadie que se le pueda comparar al Señor. Él no compite con nada ni nadie. Sin embargo, estamos tentados a que se nos llenen y se nos vayan los ojos tras falsos amores. Cuando uno, en el lugar exclusivo de Dios, coloca el trabajo, los estudios, una persona, un compromiso… entonces estamos removiendo su ardor. A Dios le duele que nos vayamos; porque con nosotros, se va su propia imagen y semejanza.
 
Cuando Jesús nos enseña a orar, impresiona como nos introduce en darle a Dios esta primacía. La oración del Padrenuestro comienza con Dios, como Padre. Esta oración, que es un proyecto de vida en santidad, nos educa y ejercita a poner nuestra vida en orden. Cuando uno no tiene orden de importancia, la vida se vuelve caótica. Jesús nos enseña a organizarnos internamente.
 
Estamos creados para pertenecer a un Padre, para santificar su Nombre, desear y trabajar por su Reino, hacer su voluntad. Como nos ama, también se preocupa por nuestro pan; porque vayamos ligeros para el servicio, mediante el perdón. Nadie puede contemplar al Padre con el corazón cargado de resentimientos. Nos ayuda a no caer en tentación, y nos libra del mal. Jesús nos enseña a pedir lo que el Padre nos da. Nos hace tomar conciencia de lo que recibimos de Él; y lo que Él espera de nosotros.
 
Señor Jesús: de la misma manera que el celo por las cosas del Padre te consume, así nosotros deseamos compartir tus celos. Danos delicadeza y sensibilidad espiritual para tratar las cosas santas con santidad. Como el salmista, te damos gracias de todo corazón. Te pertenecemos y nos quedamos contigo.
 
1. ¿He sentido celos humanos: por un espacio, un puesto, una persona? 
2. ¿Cómo te han consumido estos débiles celos humanos? ¿Cómo te han retrasado o distraído de lo importante? 
3. ¿Qué te han parecido los celos de Dios: esos celos que te exigen darle a Él la primacía y la exclusividad de adoración? 
4. ¿Cómo el celo santo por las cosas de Dios, me libera de los mediocres celos humanos?