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CUANDO LA IGLESIA ORA INSISTENTEMENTE

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LECTURAS DE HOY: 29/6/23 (Hch 12,1-11; Sal 33; 2Tim 4,6-8.17-18; Mt 16,13-19).

En esta solemne fiesta de San Pedro y San Pablo, deseo recuperar la expresión de la primera lectura: “la Iglesia oraba insistentemente”. Oraba porque Pedro estaba preso, estrictamente custodiado. Impresiona como, la fuerza de la oración, en el fundamento de la comunión, hace que todos los ángeles se pongan en movimiento. Una Iglesia unida en el mismo Espíritu, hace que las cadenas que intentan detener el Reino, se rompan. Cuando un miembro de la Iglesia está preso, toda la Iglesia sufre con él. Porque tienen un mismo sentir, una misma causa.
 
De la misma manera en que Pedro contó con el respaldo de la comunidad, en los momentos de aprietos, así mismo Pablo lo tuvo, en toda su trayectoria apostólica. Y es que quien se da a fondo, siempre encuentra el consuelo de la comunión. Pedro y Pablo nunca estuvieron preocupados por ellos mismos, sino por el Reino.
 
Es inspiradora la expresión paulina: “He combatido bien mi combate”. El camino recorrido por los apóstoles ha sido de intenso sacrificio. En la comodidad nadie cambia la historia. En la tibieza espiritual no acontecen las transformaciones. Podríamos cuestionarnos sobre ¿qué combate estamos enfrentando como Iglesia? ¿Hacia dónde vamos corriendo? ¿Cuáles son los motivos de nuestras correrías? Pablo nos asegura que ha mantenido la fe; nos hace meditar que nuestras andanzas han de estar volcadas a consolidar la fe que profesamos.
 
Cuando la Iglesia ora insistentemente, sus miembros son fortalecidos para anunciar el mensaje de manera íntegra. Las consecuencias del profetismo son asumidas por la comunidad. Las predicaciones no son de perfil individualista, sino comunitario.
 
El centro de la comunidad cristiana lo ha profesado san Pedro, por inspiración del Espíritu, cuando le dijo a Jesús: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Esta es la verdad más profunda de nuestra fe; tan sólida y firme, que Pedro, al decirla, al vivirla, fue convertido en roca. Cuando la Iglesia ora insistentemente, nos mantenemos en roca firme, sostenidos por Cristo, de manera que el poder de los infiernos no nos puede derrotar.
 
Señor: queremos bendecirte, como el salmista, en todo momento. Que tu alabanza esté siempre en nuestra boca. Nos gloriamos en ti, Señor. Proclamamos tu grandeza, ensalzamos tu nombre… Gracias, porque cuando oramos con sinceridad, tus ángeles acampan en torno a nosotros y nos proteges. Pedro y Pablo han sido testigos privilegiados de tu bondad; dichosos nosotros si, como estas dos columnas, nos acogemos a Ti.
 
1. ¿Estoy orando por nuestros pastores? ¿Oro por la comunidad de hermanos?

2. ¿Sufro con el que sufre? ¿Sufrimos por la misma causa? 
3. ¿Estamos anunciando el mensaje de manera íntegra? 
4. ¿Cuáles cadenas necesitan caerse, hoy, de nuestra comunidad cristiana? 
5. ¿Cómo se refleja la unidad y la comunión en mi comunidad parroquial? 
6. ¿Qué rasgos de Pedro, y cuáles de Pablo, llevo dentro de mí?