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“… NO TE SOLTARÉ HASTA QUE ME BENDIGAS”.

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LECTURAS DE HOY: 11/7/23 (Gn 32,22-32; Sal 16; Mt 9,32-38).

Se nos viene narrando la historia de Jacob, quien le robó la bendición a su hermano Esaú. (La Biblia no oculta la fragilidad de su gente, pero describe su despertar por la luz divina). En nuestro diario vivir encontramos episodios semejantes… cuando se hacen trampas, se formulan mentiras, y se arman encrucijadas para despojar a alguien del derecho que le corresponde con el fin de apropiárselo. Andar robando gracias es un problema muy serio, porque en el fondo, la gente, aunque la obtenga a la fuerza, no se siente feliz. Queda con “las manos llenas” y “el corazón vacío”; necesitado de reconciliación.
 
En este sentido, puede entenderse la lucha vivida por Jacob. Aunque contaba, a su alrededor, con muchas personas, posesiones, abundancia… en un momento, tuvo que quedarse solo, y estaba lleno de miedo. A usted y a mí, si no nos ha pasado, nos sucederá. Enfrentarnos seriamente con lo que somos delante de Dios. Y no es cuestión de terror, sino de responsabilidad. No se puede resolver el torbellino interior hasta que no recibamos el perdón, la reconciliación, la paz; solo así podrían colocarse las cosas en su lugar y empezar un nuevo camino.
 
Jacob luchó toda la noche. La pelea fue en la oscuridad. Algunas veces peleamos sin saber con quién lo hacemos. El conflicto lo llevamos dentro. Pero lo más interesante es que Dios solo le imprimió la fuerza que él pudo soportar. Quedó lesionado, pero vivo. Tuvo una historia para contar. Jacob descubrió la identidad de quien peleaba con él. Y él, quien había robado la bendición a su hermano, ahora la pide directamente desde su propia nada.
 
La bendición es un don, es gracia de Dios, es su protección. Dios es la fuente de todo bien. La bendición nos alcanza en nuestra pobreza, en nuestra miseria. Nos restaura. Nos hace dignos. Nos levanta del polvo. Nos hace abandonar la mentira y vivir en la verdad. Dios bendice desde siempre. Pero hay que luchar mucho para valorar esa bendición que el Señor nos regala y vivir a la altura de ella por pura misericordia.
 
Luego de que Dios bendice, las cosas no quedan igual. A Jacob le cambió el nombre, le cambió la vida y el sentido que esta tiene. Cuando uno tiene conciencia de que es bendecido por Dios, nace nuevamente. Con razón dice el salmista: “Yo con mi apelación vengo a tu presencia, Señor”. La bendición de Dios nos guarda como a las niñas de sus ojos. Nos hace saciarnos de su presencia. La bendición del Señor, como afirma el evangelio, echa todos los demonios de nuestras vidas.
 
Señor: hoy no te digo como Jacob, “no te soltaré hasta que me bendigas”, sino que te expreso: “no me sueltes hasta que no sepa valorar tu bendición”.
 
1.  ¿Cómo experimento la bendición de Dios en mi vida? 
2.  ¿Bendigo al Señor en todo momento? 
3. ¿Cómo se refleja en mi comunidad cristiana la bendición de Dios?