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CUANDO LOS MALTRATOS NO PUEDEN HERIR

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LECTURAS DE HOY: 13/7/23 (Gn 44,18-21.23b-29; 45,1-5; Sal 104; Mt 10,7-15).

La historia de José nos invita a volver sobre nuestra propia historia personal. En su caso, sus hermanos le tenían envidia por muchos motivos, entre éstos: el que era el preferido de su padre y porque tenía el don de interpretar los sueños. La gracia que acompañaba a José, para él, no era motivo de vanagloria; siempre buscaba estar con sus hermanos, pero éstos tramaron su muerte, aunque terminaron vendiéndolo. Ellos no sabían que Dios escribe derecho en líneas torcidas con todos aquellos que le aman.
 
En la historia de José, él se destacó por tener temor de Dios; o sea, siempre mantuvo respeto al Señor, conservando sus valores humanos y espirituales, los que le acompañaron en todo momento, incluido en la misma cárcel donde fue a parar. José nunca se apartó de la gracia de Dios y esta gracia lo forjó como hombre de Dios. Donde hay vida de oración ni el odio ni la venganza encuentran donde asentarse.
 
¿Cómo pudieron los maltratos herir a José, despertarle deseos de venganza, si todo lo interpretaba con los ojos de la fe? Hay mucha gente llorando por su historia personal, por experiencias pasadas, que hoy siguen siendo fantasmas que necesitan ser enterrados. Si uno no cuenta con perros que le persiguen, le ladran y le amenazan, no sería capaz de saltar el alto muro en medio del camino. A nadie le gusta que lo maltraten. Pero cuando ya hemos recibido las pedradas, es preciso recogerlas y colocarlas en la fuente de la misericordia.
 
Imaginemos esta escena, cuando José le dice a los hermanos: “Yo soy José”, “acérquense a mí”, “soy su hermano… el que vendieron”. En estas palabras y en esta actitud tenemos la presencia misma de Dios hablando y actuando. No hay arrogancia, no hay reproche, no se le echa en cara la situación… sencillamente, brota un agradecimiento: “no les pese el haberme vendido”… porque, realmente, Dios mismo lo había destinado a ese país para la salvación de muchos.   
 
Si todavía tenemos a algunas personas en el saco del rencor, el Señor, hoy, nos da la clave para ir, con la fuerza del Espíritu, y dejar ese saco vacío para llenarlo de su gracia. El tiempo del resentimiento ha caducado y, como dice el salmo, nos toca recordar las maravillas que ha hecho el Señor en nuestras vidas a pesar de toda la corriente en contra.
 
Señor: no me quieres esclavo. Si guardo rencor en el corazón, soy un preso. Tú me rescatas de las oscuras sombras del pasado. Me das la luz y me devuelves la vida con el perdón. Eres tú, Señor, quien perdonas en mí, porque me amas. Y también amas a las personas que cometieron la falta contra mí. Que este perdón, en tu nombre, les convierta. Y que yo, Señor, vaya por la vida amando y no hiriendo. Que no haga con otros lo que hicieron conmigo. Cuando esto suceda, Dios mío, se hará más visible tu Reino en nuestra tierra.
 
1. ¿Todavía tengo nudos amarrados en mi historia personal? ¿Cuándo pienso, con la ayuda del Espíritu, desatarlos? 
2. ¿De qué manera, hoy, “se venden” a los hermanos, a los amigos? 
3. ¿Interpreto los acontecimientos de mi vida con los ojos de la fe? 
4. ¿Qué huellas voy dejando en las personas con las cuales comparto la vida, los distintos escenarios?