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UNA MESA EN EL DESIERTO

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LECTURAS DE HOY: 26/7/23 (Ex 16,1-5.9-15; Sal 77; Mt 13,1-9).

La imagen del “desierto” en la Biblia es relevante. Despierta el imaginario de “carencia”, “soledad”, “prueba”, “tentación”, “dificultad”… Es el espacio donde uno se encuentra con su propia realidad. Por esto, el pueblo de Israel, al dejar, a pesar de la esclavitud, la comodidad que tenía en Egipto, comenzó a renegar de Dios. Las murmuraciones ingratas llegan cuando nos quedamos en el plano superficial de los acontecimientos, y no somos capaces de atravesar la crisis con fe, objetivo, paciencia y esperanza.
 
Los israelitas extrañaron las “ollas de carne” que dejaron atrás… Esas “ollas” son, para nosotros, los privilegios, el confort, la comodidad que admitimos en nuestras vidas, sin tomar en cuenta qué tanto nos ata y nos encadena. Para salir de la esclavitud hay que desapegarse de esas “ollas”, no cargarlas ni en las manos, ni en el corazón, tampoco en la memoria. El Señor permite que éstas queden vacías para purgar nuestro “estómago”.
 
La peregrinación por el desierto es tiempo de purificación. Es necesaria la experiencia del vacío para llenarnos, no de “carne caduca”, sino como dice el salmista, de “pan de ángeles”. En este sentido, el desierto, no sólo muestra ser un lugar de sacrificio, sino de encuentro profundo con Dios, y de consecuente conversión. Dios se manifiesta allí en el desierto de nuestras vidas, en la aridez de nuestra existencia. Cuando no hay nada qué comer, de qué sustentarse; cuando no se tiene sentido a la vida, Él nos prepara una mesa generosa.
 
El hambre del pueblo fue necesaria para que aprendiera a valorar la providencia divina. La comida que el Señor providencia les hizo callar la boca. Los murmuradores tuvieron que aprender, a fuerza de gratuidad, a contemplar la gloria de Dios aconteciendo. Dios nos prepara la mesa. Y no sólo se preocupa en abastecerla de buen pan, sino que coloca los principios necesarios para compartirla. Nos educa en nuestra ignorancia y nos hace crecer en conciencia para nuestro bien.
 
El evangelio nos muestra a Jesús “sentado en la barca”. Es la imagen del maestro. Listo para darnos a gustar el banquete de la Palabra. aNosotros somos ese pueblo que lo escucha de pie, cada mañana, para alimentarnos. Que con el mismo amor que se nos prepara la mesa, seamos capaces de acoger, agradecer, y perseverar con el alimento que da frutos de vida eterna.
 
San Joaquín y Santa Ana: rueguen por nosotros.
 
Preguntas: 
a. ¿Cuáles son las “ollas de Egipto” que estoy extrañando?
b. ¿Cuáles murmuraciones injustas he hecho contra los hermanos?
c. ¿He levantado quejas contra Dios cuando las cosas no salen como yo quería?
d. ¿Recuerdo algún momento donde el Señor me calló la boca?
e. ¿Cómo experimento la providencia de Dios en mi vida?