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SABER «HACER CASO».

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EVANGELIO DE HOY: 16/8/23 (Mt 18,15-20).

Jesús, instruyendo a sus discípulos en lo referente a las correcciones entre los hermanos, utiliza la expresión “si hace caso”, “si no hace caso”. Generalmente, comentamos el pasaje considerando el protocolo que ha de seguirse para corregir a quien ha cometido una falta: primero a solas, luego con uno o dos testigos, después como comunidad… Pero, esta vez, vamos a meditar a partir de la sabiduría de saber acatar lo bueno.

Cuando llevamos una vida de oración, las correcciones comienzan en el interior. Uno se deja corregir por la voz de la conciencia. Le hace caso a la luz interior que advierte el camino torcido. Hay apertura y disposición para enderezarse, por no querer defraudar el amor y la confianza de Dios. Se distingue la docilidad de espíritu para dejarse conducir por lo bueno que el Señor inspira. No se podría hacer caso a las correcciones externas si no somos capaces de obedecer la iluminación que el Señor nos da.

La lectura orante de la Palabra diaria es instrumento de corrección; ¿le estamos haciendo o no caso a sus interpelaciones? Ella es esa hermana buena que nos llama a solas y nos quema con su fuego para que seamos mejores. Muchas cosas no tendrían que salir fuera si fuésemos capaces de dejarnos modelar por la Palabra de Dios en el silencio de nuestra oración. De hecho, se pasa menos vergüenza cuando se hace caso a la Palabra, porque la caridad de Cristo no se compara a la de las personas.

Nos corregimos en las predicaciones generales. Cuando escuchamos atentamente una homilía. Allí el mismo Señor nos habla. Es importante hacer silencio, no evaluar al predicador, sino abrirse a lo que Dios quiere comunicarnos. La buena predicación es un látigo y, a su vez, un bálsamo consolador, porque te confronta y al mismo tiempo, te da las pautas para salir de las trampas existenciales y unirte con Dios.

Si nos pasan de largo las oportunidades de crecer, porque no somos capaces de ponernos el sombrero, entonces es bueno hacer caso al hermano o a la hermana que se acerca en el intento de ayudarnos. Dios se escurre por todos lados con el fin de que no nos perdamos y nos encaminemos a su centro, a su corazón. El fuego cuando es pequeño se apaga rápido; hacer caso a tiempo evita que este se expanda.

Cuando uno se deja ayudar, y vuelve al carril, hace suya esta oración del salmista: “Bendito sea Dios, que me ha devuelto la vida”.

1.  ¿Y yo, estoy acatando las correcciones? 
2. ¿Me dejo iluminar por la luz de la conciencia, por la Palabra? 
3.  ¿Qué gano con la terquedad? 
4.  ¿Cómo vivo la caridad a la hora de corregir a los demás?