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ÁBRETE AL PERDÓN

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EVANGELIO DE HOY: 17/8/23 (Mt 18,21_19,1).

Hoy, Jesús le enseña a Pedro, y a todos nosotros, que hemos de perdonar siempre. No nos luce, ante Dios, y ante nuestra conciencia, cargar resentimientos. Dice el Catecismo: “… Al negarse a perdonar a los hermanos, el corazón se cierra, su dureza lo hace impermeable al amor misericordioso del Padre” (n. 2840).

¿A quién le interesa tener un corazón cerrado? Es imposible pretender mantenerlo abierto para Dios y hermético para el hermano. En el relato del evangelio, por ejemplo, un rey perdonó al empleado y éste no fue capaz de perdonar a su compañero. Perdió la memoria de lo que hicieron con Él. Cuando uno se niega al perdón es porque ha adquirido un alzheimer teológico, un olvido de lo que Dios ha hecho en su vida. Ha descartado la paciencia y la misericordia que el Señor ha invertido en su persona.   

Impresiona la siguiente afirmación, porque viene a resolver inquietudes pastorales de la gente que no sabe cómo manejarse ante realidades, ofensas y perdón: “No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria, transformando la ofensa en intercesión” (Catecismo 2843).

En otras palabras, puede comprenderse que te dicen: no le pongas atención a la ofensa, sino al Espíritu. Abandónate al Espíritu. Porque Él es quien irá quemando, purgando, transformando. El dolor alimentado causa una enorme herida. Pero si lo dejamos secar a la luz del Consolador, entonces Él mismo nos dará su sentir, y su manera de interpretar los hechos. Nosotros mismos nos hacemos testigos de los reflejos del perdón, cuando en vez de odiar, comenzamos a interceder por la persona que nos ha hecho mal.

“El perdón es cumbre de la oración cristiana… da testimonio de que el amor es más fuerte que el pecado. No hay límite ni medida en el perdón, esencialmente divino” (Catecismo 2844-45). Quiere decir, cuando perdonamos estamos acercándonos cada vez más a Dios y esto ha de ser una valiosa motivación para decidirnos a perdonar, a desatar los nudos interiores que nos impiden experimentar la paz, la paz que es especialmente atractiva para el Espíritu Santo. “En la confesión del propio pecado, el corazón se abre a su gracia” (Catecismo 2840).

Señor: gracias porque has tenido paciencia conmigo, porque perdonaste mis faltas. Yo también necesito ir, sin perder el tiempo, a desatar las amarras del resentimiento con esas personas que tú y yo conocemos. No puedo tener ese veneno maloliente dentro de mí. Escojo, hoy, el olor a tu presencia. Deseo nacer de nuevo. Necesito perdonar de corazón, como tú dices. Entonces, dame tu corazón, por si el mío, remendado, necesita tu soporte. En ti, como el salmista, hoy mismo nacerá en mis labios, un aleluya a tu divina misericordia.
 
1. ¿En qué momentos específicos he experimentado el perdón del Señor? 
2. ¿Cómo he vivido la experiencia de sentirme perdonado por una persona concreta? 
3. ¿He retenido el perdón que otra persona necesita para experimentar paz? 
4. ¿Podrías hacer dos listas: una de los frutos del perdón, y otra de los perjuicios de un corazón resentido? ¿Con cuál de las dos listas te quedas, cuál prefieres, por cuál te decides?