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LA FUERZA DE LA ORACIÓN

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EVANGELIO DE HOY: 12/9/23 (Lc 6,12-19)

Muchas edificaciones se construyen y se visibilizan por fuera. Pero la más importante, la que fundamenta y sostiene a la persona, se concretiza interiormente, y Jesús nos dice cómo hacerlo con su ejemplo de vida. El Señor subió al monte para orar.
 
Aprende de Jesús; supo identificar su sed del Padre. Sintió necesidad de estar con Él y subió al monte. Hay sorbos de agua que no se toman en movimiento, en el bullicio del día. Es preciso recurrir al silencio de la noche. Ese silencio cuando todos duermen, pero el corazón se mantiene en vela, despierto, aguardando la palabra importante a ser depositada en los oídos del alma.
 
Mira a Jesús caminando hacia el encuentro con el Padre. Lo busca, le consulta. Esta parada sagrada no es alienante. La persona que ora no pierde el tiempo, lo gana y lo administra de la mejor manera. Cuando no sepas qué actitud tomar, qué palabras considerar, qué decisión emprender, ya sabes, ve a la montaña de la mano con Jesús. Pero recuerda, la oración válida no es calculadora, como quien ora a cambio de identificar soluciones; la oración genuina nace por la necesidad de estar con Aquel que nos ama, y corresponderle. Ese lugar se improvisa, está allí, donde decides hablarle y aprendes a escuchar. La montaña tú la llevas dentro.
 
“Cuando se hizo de día”… este amanecer es fruto de la oración. Amanece la luz para el corazón purgado. La oración se transforma en luz que ilumina las tinieblas del entendimiento. La primacía del Señor es dejar que amanezca; hasta que los ojos de la fe comienzan a vislumbrar los colores de la existencia. Lo que antes fuera oscuro, ahora se contempla. La inseguridad se vuelve certeza. Cuánto bien te haría esa experiencia; dejar que tu persona amanezca en la presencia del Señor.
 
Con la luz y la firmeza del Espíritu, Jesús emprende decisiones y elige a sus discípulos. Les llama por sus nombres. Distingue entre los que estarán más íntimamente unidos a Él. La oración permite discernir quiénes pasan hasta el fondo de la casa interior o quienes entran hasta la sala. Es un misterio de amor indescriptible.
 
Venían a oír a Jesús. Cuando tú oras puedes hablar con confianza. Porque las palabras salen purgadas y son, al mismo tiempo, purificadoras. La oración te hace crecer en prudencia y sabiduría. Aprendes a valorar las palabras y a darle importancia. Las palabras que nacen de la oración congregan e invitan al recogimiento. La fuerza de la oración sana. La sanación comienza cuando te mueve la santidad, deseas alcanzarla y dejarte alcanzar por ella.
 
Dice el salmista: “El Señor es bueno con todos”, todos tenemos esta hermosa oportunidad de intimidad y diálogo con Él. No te lo pierdas, no lo aplaces, no lo dejes esperando. Invierte en la oración hasta que nazca el gusto por ella. Una vez superada la pereza, por la fuerza del Espíritu, gustarás la subida al monte, y más aún, disfrutarás bajando de este con un chorro de luz para iluminar tu vida, tu entrega, tu misión. Señor, que nunca nos falte la “montaña del encuentro”.
 
1.  ¿Cuándo fue la última vez que subiste al “monte”? 
2.  ¿Con quién consultas para tomar decisiones? 
3.  ¿Por qué la visita al Santísimo es una escuela de oración? 
4.  ¿Amaneció el día para ti o sigue estando de noche? 
5.  ¿Vale la pena que la gente escuche lo que sale de tu boca? 
6. ¿Tu presencia es reconciliadora? ¿La gente, cuando está contigo, se va mejor? 
7. ¿Ya experimentas gusto por la oración? ¿Quién o qué está gobernando tu vida?