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¿HUYES DE LA VOLUNTAD DE DIOS?

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LECTURAS DE HOY: 9/10/23 (Jn 1,1_2,1.11; 2,3-5; Lc 10,25-37).

La primera lectura nos habla del profeta Jonás, en su intento de huida de la misión que Dios le había encomendado. Consideremos que, en este momento, tú eres Jonás, y que el Señor te pide algo. ¿Cómo sabes que el Señor te llama? Hay evidencias que pueden ayudarte a descubrirlo porque, aunque la literatura bíblica pone al Señor a hablar directo, para que conozcamos quién es Él y lo que quiere, en la vida cotidiana nuestra nos habla con otras maneras de expresión, sin cambiar su pensamiento.
 
Suele pasar que, cuando Dios quiere hablarte, te calienta el corazón de manera especial. Es el fuego de su presencia esperando que le pongas atención. Aquello que desea de ti, lo hace presente hasta en tu imaginación. El asunto sale a relucir hasta en los anuncios, en una predicación, en lecturas bíblicas; la gente a tu alrededor te lo comenta. Todos ven lo que tú no quieres ver. Siempre se hace necesario alguien de autoridad espiritual que te ayude a discernir si realmente eso que intuyes es la voz de Dios, para no ser engañado. La voluntad de Dios es que todos se salven; por eso, solo cosas buenas puede pedirte. Pero, puede ser que tú no quieras lo que Él desea de ti.
 
Jonás prefirió hacer, en barco, la ruta contraria. Lo mandaron a Nínive y embarcó para Tarsis, comprando su boleto. ¿Y tú, estás comprando tu boleto para escapar? ¿A dónde quieres escapar de Dios para que te deje tranquilo? Eres libre de comprar el boleto en honor a tu libertad, pero ten en cuenta que, como Jonás, te vas con la tormenta dentro. Una tormenta que la vives tú y todos los que están a tu alrededor, porque nadie puede ser feliz ni hacer feliz cuando no está en paz.  
 
El profeta Jonás, malcriado, no quería predicar en Nínive porque temía que la gente se convirtiera, deseaba castigo para la ciudad. Sin embargo, desde que embarcó hasta los marineros terminaron convirtiéndose. No importa que huyas, el Señor te hace constatar el don que te da, con el cual vas a servirle. Pero quizás necesitas una experiencia más fuerte, porque eres terco, y necesitas convencerte de que ante la voz de Dios, lo más sabio es rendirse.
 
El Señor se compadece de tus miedos, de tus temores, porque son reales. El pez que manda para que se trague a Jonás, es el seno de su misericordia, de su amor y su paciencia. El Señor te acaricia, te duerme para que descanses de tanta correría. Te da besos de ternura. Te comprende más de lo que imaginas. En el vientre del pez fue el único lugar donde Jonás estuvo tranquilo, y hasta recitó un poema, que es el salmo de este día. Haz tú lo mismo. Experimenta estar en el seno materno de Dios, y dile tus cosas sin prisa, ábrele tu corazón y ponle las cosas claras. Saldrás de esta experiencia, fortalecido y, por su gracia, con ambos pies en tierra firme.  
 
Cuando te niegas y no haces la voluntad de Dios, el Señor no se la desquita; sin embargo, pones en juego la felicidad, que solo se experimenta cuando haces aquello, para lo cual Él te soñó.
 
Señor, dame la gracia, como lo muestra el evangelio de hoy, de llevar una vida samaritana. Esa vida que se detiene siempre que contemple tu rostro en el camino. Una vida que vaya sanando heridas, comprometiéndose con los que están caídos, disponiendo la propia cabalgadura para el sufriente, postergando la agenda personal cada vez que tú digas algo. Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.