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ESTE NIÑO ES LO QUE YO PEDÍA

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MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 22/12/23 (1S 1,24-28; 1S 2,1.4-8; Lc 1,46-56).

“Este niño es lo que yo pedía”. Estas son las palabras de Ana, la madre de Samuel. Es el hijo nacido de las intensas súplicas, porque era estéril. Ana, por la gracia y la misericordia de Dios, concibió a su niño. Luego de haberlo destetado que, según la costumbre de la época, era a los tres años de edad, fue y lo ofreció al Señor, de por vida, para que sea de Él. Aquí se encierra un misterio de amor que escapa a todo pensamiento humano. El misterio de Dios silencia las razones; la fe y la gratitud de Ana también.

Ese niño pedido por Ana, ¿quién llegó a ser? Uno de los grandes profetas del Antiguo Testamento; hijo de la gracia, de la oración, quien creció a los cuidados de Elí, en el Santuario; sobre todo, en la presencia de Dios y el servicio cotidiano.

Quien quiera conocer del Señor, desde la Sagrada Escritura, encuentra esos rasgos tan auténticos, de un Dios grande, que cuenta con niños y niñas para su proyecto de salvación. En un contexto donde los infantes ocupaban el escalón más bajo de la sociedad, con estos niños Dios ejecuta sus sueños. El Señor no tiene prisa. Sus proyectos son pacientes, a largo plazo; van madurando, consolidándose, y testimoniando. Como se dirá de Jesús, Samuel también fue creciendo en estatura, en gracia y en sabiduría.

Ante las maravillas de Dios, Ana entona su cántico de acción de gracias; donde describe las proezas del Señor. Ella se identifica y es feliz con quien la ha alcanzado directamente en su vida y en su realidad. No canta a un Dios lejano, sino a Aquel que le ha tocado su vientre, su corazón, y que la ha rescatado de lo que sentía ser su vergüenza. Con su canto siembra esperanza. Es un canto histórico y que alimenta la fe de los creyentes de todos los tiempos.

Como Ana, también canta la Virgen María. El Magníficat viene con toda la fuerza de esta tradición, de Dios que se abaja para que podamos alcanzarle. Las páginas del Nuevo Testamento comienzan en el vientre de María. Ella fue el santuario donde el Niño Dios crecía integralmente. Ana entregó a su niño, María también lo entregó. Y ninguna se desentendió de ser madres ni de ser discípulas.

Qué tal si, como Ana, y teniendo la imagen de la Virgen María encinta, le dices a Dios, – Señor: “Este Niño es lo que pido”. No quieras otra cosa. Pide al Niño Dios, y desea ser humilde. No quieras aspirar a grandezas que te superen. Es duro que la soberbia te disperse de la presencia de Dios. Si la humildad atrae la mirada de Dios, que esta siempre se pose en ti.

Te quedan dos días, a esta altura del Adviento, para derribar, con la gracia de su Espíritu, cualquier trono donde estés pretendiendo subirte para auto-enaltecerte. El Niño Dios no se posó en un trono, sino en un pesebre. El pesebre es bajito. Si tú también te abajas, Él te alcanza y permanecen juntos. No se trata del abajarse marcado por complejo de inferioridad, sino del abajarse sostenido por la gracia divina.

Pregúntate en tu interior:

  1. ¿Qué pides para esta Navidad?
  2. ¿Cuáles trampas te incentivan a pedir superficialidades?
  3. ¿Cómo Ana y María te enseñan a identificar lo más valioso y mejor?
  4. ¿Por qué María se sentiría muy feliz si le dijeras: “Este Niño es lo que yo pido”?