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¡AL SEÑOR SE LO PEDÍ!

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MEDITACIÓN DE LAS LECTURAS DE HOY: 9/1/24 (1Sam 1,9-20; 1Sam 2,1-8; Mc 1,21-28).

La primera lectura nos narra sobre Ana, la madre de Samuel. Vamos a intentar sumergirnos en las características de su oración de petición. Que con ella aprendamos nosotros a orar desde nuestras necesidades.

La oración de petición muestra la conciencia de nuestra relación con Dios. Somos criaturas y necesitamos, en medio de las adversidades, retornar a Él. La oración de petición muestra esa humilde actitud de volver hacia el Señor.

Aquí comenzamos a adentrarnos en la oración de Ana. Ella vuelve hacia su Señor, y lo busca allí donde sabe que está, en el templo. Va a la casa de Dios. En nuestros días, pudiéramos decir, que va al Santísimo. Distingue, esta mujer, un lugar propicio. Va con su dolor, con aquello que consideraba su vergüenza, ser estéril, no tener hijos. Presenta su verdad, sin máscaras, sin apariencias. Se sitúa en su presencia reconociéndolo, desde un primer momento, como “Señor de los Ejércitos”, queriendo evocar la fuerza y la autoridad de Dios.

Le dice: “Si te dignas a mirar la aflicción de tu esclava, si te acuerdas de mí y no me olvidas, si concedes a tu esclava un hijo varón, se lo ofreceré al Señor para toda la vida…”. Ana no se muestra obligando a Dios a concederle lo que pide. Sencillamente le expone una petición verdadera, real. No pide vanidad, no busca superficialidad, busca un hijo. Y lo más extraordinario de esta petición, es que lo pide para ofrecerlo al mismo Señor, de regalo.

Uno de los rasgos de la oración auténtica es aquella que parte desde la fe. Lo que se pide en la oración se conforma al querer de Dios, le es agradable a su voluntad. Ana pide lo conveniente. Un hijo, y que éste sirva al Señor. Es una oración nacida del corazón, pero que al mismo tiempo, se somete a su voluntad. No pide con intención torcida. Hay pureza en el fondo de su alma. No pretende chantajear para luego despistarse del voto prometido. Expone su causa y queda esperando la señal.

Elí confundió a Ana con una borracha perdida. Sin embargo ella, en medio de sus desahogos, le habló con firmeza y tino. Él respetó la oración humilde y sincera, la bendijo con deseos de paz y de que el Señor le conceda lo pedido. Por los frutos de esta oración, tiempo después Ana dijo, teniendo a su pequeño, “¡Al Señor se lo pedí!”.

Señor: que con Ana, con la Virgen María, con todas las mujeres y con todos los hombres de fe, yo pueda cantar a tus maravillas. Tú haces maravillas Señor, porque escuchas la voz suplicante. Tú eres el Dios que inclinas el oído. Tú respuesta me da valor, me aumenta la fe. Que pueda entender, Señor, que no siempre, lo que pido es lo que tú quieres darme. Que pueda conformarme y alegrarme con lo que me das, porque sólo me darás lo que me conviene, conforme a tu santa voluntad.

Pregúntate en tu interior:

  1. ¿Por qué las peticiones de Jesús son escuchadas? ¿Por qué hasta los demonios le obedecen?
  2. ¿Qué característica tiene tu petición? ¿Qué estás pidiendo y para qué?
  3. ¿Lo que tú pides despierta alegría en el Señor?
  4. ¿Luego de tu petición, esperas la respuesta de Dios o has intentado acelerar la respuesta con tus propias manos?
  5. Escribe en un papel lo que pides: medita si procuras, con esta petición, el querer de Dios o tu propio querer.
  6. ¿Tu oración se frustraría si Dios no te da lo que te pide?
  7. ¿Cómo la fe madura arroja luz para identificar y estar en paz con la voluntad de Dios?