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MIENTRAS EL NOVIO ESTÉ CONTIGO

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MEDITACIÓN DEL EVANGELIO DE HOY: 15/1/24 (Mc 2,18-22).

Los discípulos de Juan y los fariseos estaban de ayuno y, al mismo tiempo, escandalizados porque los discípulos de Jesús no lo estaban. Aquí se nos presenta unos ayunantes de estómagos vacíos, pero llenos de ruidos; atrapados por un apego a la norma religiosa, incapaz de distinguir el sentido y el momento para dicha práctica.

Jesús les cuestiona: “¿Es que pueden ayunar los amigos del novio, mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar”. Jesús es “el novio” que llega a tu vida para renovar una alianza santa, una alianza de amor. Cuando Él está presente no hay chance para otra cosa, a no ser gustar de su presencia y permitir que Él, siendo novio, al mismo tiempo, se torne el vino de tu vida.

Jesús es el vino que llena tu tinaja de plenitud y gozo. Él es dulzura. La frescura del Señor te exige renovar tu odre, o sea, el corazón propio, que es el recipiente por excelencia donde Él permanece y donde tú lo portas. Si no te renuevas, el vino de Jesús revienta tu ser, te vuelves incapaz de comprender su propuesta y, en vez de alegrarte, haces de la fiesta un espacio de frustración.

El Señor también les aclara: “Llegará un día en que se lleven al novio; aquel día sí que ayunarán”. ¿Quiénes se llevan al novio siendo la fiesta tan buena? Pues hay quienes no gozan de la dicha ni del Don de Dios. Hay una fuerza del mal que desea estropear la fiesta, la alegría de la Buena Nueva, el banquete del Reino. Ese es el momento para ayunar, para hacer sacrificios, y pedir profundamente que el novio regrese.

Jesús no rechaza el ayuno, contrariamente, nos invita a darle el sentido. El ayuno se hace necesario cuando las cosas pasajeras de este mundo intentan arrancarte al novio y llevárselo; cuando las distracciones van diluyendo la presencia de Jesús en tu vida y te pones triste sin motivos. Cuando tu corazón se va embotando y endureciendo y no escuchas con claridad, la voz de Dios, para hacer su voluntad, es tiempo de ayuno. El ayuno te afina el discernimiento porque es una manera de hacer oración. No solo ayunas con la abstinencia en el comer, sino con la abstinencia de todo aquello que te distrae de lo más importante.

Señor: no quiero ir llevando la vida de los otros, mientras me pierdo de estar contigo y vivir la fiesta de trabajar en tu Reino. Necesito recogerme de la dispersión. Quiero ayunar de todo aquello que te lleva de mi lado y me hace perder el sentido, el motivo y la alegría de estar contigo. Que yo pueda, Señor, ser para ti, odre nuevo, para servir siempre y en todo lugar, el vino de tu presencia.

Pregúntate en tu interior:

  1. ¿Dónde está el novio (el Señor) en tu vida?
  2. ¿Qué te amenaza con llevarse al novio?
  3. ¿Tienes con el Señor una relación remendada, reventada, o renovada?
  4. ¿Cómo está tu odre, el odre de tu corazón?
  5. ¿El odre de tu corazón está sirviendo el mejor de los vinos?