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IV Domingo de Pascua

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Cardenal Nicolás De Jesús López Rodríguez

Domingo del Buen Pastor. 57º Jornada Mundial de Oración por las vocaciones.

El cuarto domin­go de Pascua es el domingo del Buen Pastor, por eso este día oramos de modo especial por los sacerdotes, para que el Señor les dé capacidad y fidelidad en la misión que les ha con­fiado. También se ora por las vocaciones para que el mis­mo Señor se digne llamar a muchos jóvenes a su segui­miento y fortalecer la volun­tad de todos los llamados.

a) Del libro de los Hechos de los Apóstoles 2, 14a.36-41.

Es la conclusión del discur­so de Pedro el día de Pente­costés, su argumentación, que parte de los salmos 15 y 109, acaba afirmando que la Escritura hablaba de Jesús el crucificado. Él es el Señor, el Cristo (Mesías), dos pala­bras cargadas de significado para Israel: “Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías”. Es la fórmula ori­ginal de la fe cristiana, la usa­da en la primera comunidad cristiana de Jerusalén.

Lo cierto es que este dis­curso de Pedro conmueve a sus oyentes. El apóstol les echa en cara su pecado y su culpabilidad, “estas palabras les traspasaron el corazón y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tene­mos que hacer, hermanos?”. Esta es la pregunta que debe­mos hacernos todos los que escuchamos el evangelio.

b) De la primera carta del Apóstol San Pedro 2, 20b-25.

San Pedro trata de los deberes de los esclavos respecto de sus amos, insiste en la obediencia de los siervos a sus señores, porque es cosa agradable a Dios y porque Cristo también fue obediente y sufrió por nosotros sin lamentarse.

Estas observaciones eran muy necesarias en una so­ciedad en la que los esclavos eran más numerosos que los hombres libres, y el trato que recibían era muchas veces inhumano.

La perfecta inocencia de Jesucristo ha de inducir con mayor fuerza a los cristianos a imitarle fielmente incluso en medio de los sufrimientos inmerecidos.

c) Del Evangelio de San Juan 10, 1-10.

La parábola del Buen Pas­tor se empleó profusamente en la Iglesia de los primeros siglos. El evangelio de este domingo tiene dos seccio­nes: 1ª Jesús inicia la parábola con tres imágenes, la puerta, el pastor y las ove­jas. (vv. 1-5), y 2ª Ex­plicación de “la puerta” (vv. 6-10). La puerta del aprisco adquiere relieve especial desde la primera frase de Jesús, Él se identifica con ella en la expli­cación. La puerta defi­ne al pastor que lo es de verdad con estas caracte­rísticas: El Pastor autén­tico entra por la puerta del redil, porque el guar­da le abre; en cambio, el que salta por otra parte se delata como el ladrón de las ovejas. Contacta individualmente con las ovejas, llamándolas por su nombre para llevarlas al pasto. Cuando ha sacado todas las suyas, camina de­  lante de las ovejas, que lo siguen porque conocen su voz. Cristo es la puerta de las ovejas.

Como los destinatarios de la comparación no se dan por aludidos Jesús pasa a ex­plicar los términos de la pa­rábola, autodefiniéndose dos veces: La primera vez como puerta de entrada a las ovejas para los pastores legítimos: “Yo soy la puerta de las ove­jas. Todos los que han veni­do antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon”. Esta úl­tima frase es una dura crítica a los malos pastores en gene­ral, y una denuncia concreta del abusivo ejercicio de la autoridad religiosa sobre el pueblo por parte de escribas, fariseos y sumos sacerdotes. La segunda vez Cristo se au­torevela como puerta de salvación y de vida para todos: “Yo soy la puerta; quien entra por mí se salvará, y podrá entrar y salir, y encontrará pastos”.

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