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“Crea en mí un corazón puro”

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Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez

a) Del Profeta Jere­mías 31, 31-34.

El profeta Je­remías, en el ejercicio de su ministerio, muestra una fidelidad sin límites a Dios y una gran compasión ha­cia el pueblo. En el frag­mento propuesto para es­ta celebración exclama el profeta: “Miren que llegan días –oráculo del Señor– en que haré con la casa de Israel y la casa de Judá una alianza nueva… Me­teré mi ley en su pecho, la escribiré en sus corazo­nes; yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo”.

El profeta se refiere al regreso del pueblo judío del destierro de Babilonia, donde fue cautivo como consecuencia de su infi­delidad al Señor. Anuncia la Nueva Alianza, donde está ausente la hipocre­sía y el fariseísmo. Cristo selló esta Nueva Alianza con su sangre, por eso es definitiva. El sentido ple­no de esta lectura está en la redención que Jesús nos mereció con su muerte y resurrección, aconteci­mientos que nos dispone­mos a revivir en la Sema­na Santa.

b) De la Carta a los Hebreos 5, 7-9.

El autor, con esta carta, busca demostrarle al pue­blo judío que Jesús con su pasión y muerte nos redi­mió de todos los pecados. Estas son sus dramáticas palabras: “Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, pre­sentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su an­gustia fue escuchado”.

Entramos en la quinta semana de Cuaresma. Es­tas cinco semanas han sido de preparación para el gran acontecimiento, y lo hemos hecho, como nos enseña la Iglesia, con oración, recogi­miento, reflexión, austeri­dad, ayuno y obras de mise­ricordia. Por consiguiente, en esta semana que comen­zamos, todos los que profe­samos fe en Jesucristo de­bemos tomar conciencia de cuanto nos disponemos a revivir y a celebrar.

c) Del Evangelio se­gún San Juan 12, 20-33.

La curiosidad de aque­llos griegos por conocer a Jesús da al Señor la opor­tunidad de hablar clara­mente de su muerte y de la asombrosa fecundidad de este acontecimiento. Siguiendo el estilo de su magisterio, Jesús apela a la comparación del grano de trigo, para referirse a su próxima muerte. Je­sús debe morir, pero esa muerte será fecunda por­que con ella el mundo se­rá redimido.

A seguidas Jesús pro­rrumpe en un desahogo que revela su condición humana; “Ahora mi al­ma está agitada, y ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora. Pero si por es­to he venido, para es­ta hora, Padre, glorifica tu nombre”. Un desaho­go muy comprensible en aquel momento de su vi­da.

Jesús es perfectamen­te consciente de que su vi­da va al desenlace que su­pondrá su muerte, por eso dice: “mi alma está agita­da”, es decir, se estreme­cía al pensar en la pasión que le esperaba, tan cruel y despiadada, pero no se amedrentó ante esa terri­ble realidad. En ese mo­mento, añade el evange­lista San Juan, vino una voz del cielo: – “lo he glo­rificado y volveré a glorifi­carlo”. Señal de que el Pa­dre celestial estaba muy atento a la vida de su Hijo en la tierra, y así como lo acompañó en el resto de su vida, en aquel momen­to cumbre, Jesús necesita­ba el consuelo de su ama­do Padre.

La Cuaresma llega a su término y nos coloca a la puerta de la Semana Ma­yor, pidamos a Jesús que nos permita acompañar­le en su dolorosa y heroi­ca pasión, viviendo es­tos días como verdaderos testigos de la esperanza que nos garantiza su Re­surrección.

Schökel: La Biblia de Nuestro Pueblo.

B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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