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“¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”

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Cardenal Nicolás de Jesús López Rodríguez

Domingo de Ramos – Ciclo B

El Domingo de Ra­mos inicia la Se­mana Santa, ac­tualización de los acontecimientos centrales del cristianismo, la pasión, muerte y resurrec­ción de Jesucristo, que no es­tán separados de su concep­ción providencial en el seno de la Virgen María, sus trein­ta años de vida oculta en Na­zaret y sus tres años de vida pública, en que recorrió to­das las zonas de Palestina, comenzando por la tierra en que vivió, Nazaret, Galilea, la zona en torno al lago de Ti­beríades, el valle del Jordán, sin olvidar sus reiteradas vi­sitas a Jerusalén desde su in­fancia.

a) Del Profeta Isaías, 50, 4-7.

Isaías pone un acento nuevo, en el tercer cántico del Sier­vo del Señor, el de ser discí­pulo, formado en la escucha de la Palabra. Su misión es enseñar a todos los que te­men al Señor y a todos los que andan extraviados y ca­rentes de claridad. Para esto, tendrá que enfrentar incluso la hostilidad y la agresión fí­sica. Sin embargo, él sopor­tará fielmente pues espera el triunfo definitivo que Dios mismo le concederá. Esta lectura de Isaías nos ayuda a comprender los momentos difíciles que vivió Jesús en los días previos a su doloro­sa Pasión.

b) De la Carta de San Pablo a los Filipenses 2, 6-11.

San Pablo nos presenta un himno cristológico con el que las comunidades expre­saban su culto de adoración a Jesucristo. Su contenido y forma externa están regidos por el esquema “humilla­ción/exaltación”, de tantas resonancias bíblicas: “de­lante de la gloria va la hu­mildad” (Proverbios 15, 33) y que en el Antiguo Testa­mento encuentra su máxi­ma expresión en el can­to del Siervo del Señor. El Apóstol expresa esta humi­llación/exaltación de Jesús a través de un proceso de descenso/ascenso, que lo llevó desde una preexisten­cia en estado de igualdad con el Padre a encarnarse y tomar la condición humana sin diferenciarse de ningún otro hombre; “siendo rico se hizo pobre” (2 Cor. 8, 9).

c) Del Evangelio de San Marcos 14, 1-15, 17.

Los relatos de la Pasión del Señor, evangelistas Mateo, Marcos y Lucas, no son sim­plemente pura crónica de los hechos, sino también kerig­ma o proclamación e inter­pretación teológica o de fe cristiana. La Pasión y Muer­te del Señor tuvo lugar “por nosotros los hombres y por nuestra salvación”, como de­cimos en el credo; y se operó mediante la libre obediencia de Jesús al plan salvador de Dios que ama al hombre pe­cador.

Desde el Domingo de Ramos hasta el Domin­go de Resurrección nues­tra Madre Iglesia nos invita a seguir los pasos de Jesús y luego durante el tiempo pascual que prolonga por cincuenta días el gozo de saber que Jesús reconquis­tó la vida para nunca más morir. Esa es la verdad que da razón de ser al cristianis­mo y que lo ha acreditado a lo largo de más de veinte si­glos en que no han faltado, desde los mismos orígenes, despiadadas persecuciones que han dejado millones de mártires.

Por eso, hay que decirlo con sencillez, nuestra reli­gión cristiana, a pesar de los que no la han honrado con su testimonio, tiene el aval indiscutible de una legión de hombres y mujeres, de todas las edades, que han preferido una muerte heroica a traicio­nar la fe que recibieron en su bautismo. Y todos ellos han vivido y viven hoy de la fe en Jesucristo, que nos ha sal­vado y nos invita a acompa­ñarle en su dolorosa Pasión y llegar con él hasta el final de este camino, su gloriosa Re­surrección. Jesús entrega su vida en la cruz por amor, un amor que es más fuerte que la muerte y nos da la salva­ción.

Fuente: Luis Alonso Schökel: La Biblia de Nuestro Pueblo.
B. Caballero. En las fuentes de la Palabra.

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